War Horse, desbocada carrera entre dos frentes

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War Horse es una joyita única de la escena contemporánea, una referencia que señala tendencias del espectáculo actual mientras simboliza otra guerra subyacente, la batalla entre efecto versus esencia. Conjunción multimedia e híbrido multidisciplinario, sorprende por su tramado estético e insólita combinación de elementos que le aseguran éxito donde vaya. No obstante, su loable objetivo de espectáculo total no deja de inspirar cierto tedio cuando la adaptación revela flaquezas inocultables a lo largo del show. 

Viendo la notable producción itinerante que recaló el último fin de semana en el Arsht Center de Miami, quien escribe recordó el impacto que en los años 70 le causó Yerma por la compañía Nuria Espert escenificadada por el enfant-terrible tucumano Victor García (1934-1982). Aquella única gigantesca tela-tarima suspendida como escenario (digna pieza de museo) provocaba un efecto visual inolvidable que daba vuelo a la poesía de García Lorca. En aquel momento etiquetado por un sector de la crítica como mero show fue un deslumbramiento que generó adictos al teatro, entre los está el firmante. Pese a no estar sustentado por un texto de tal calibre, quizás ese mismo bienvenido impacto provoque hoy en espectadores noveles ya que, más allá de sus debilidades, War Horse no deja de cautivar por la magia intrínseca del teatro.

Si la novela de Michael Morpurgo adaptada por Nick Stafford no pasa de (tampoco pretende más) aleccionadora historia para niños y adolescentes que trasciende al mundo adulto por su tema atemporal, el lazo entrañable entre un joven (Michael Wyatt Cox) y su caballo Joey en los albores y durante la Primera Guerra Mundial; tampoco deja de ser sólo el pretexto para un envoltorio de fascinante relojería teatral. Con la imaginería balinesa de Julie Taymor por un lado, y la circense de LePage por el otro, los creadores de War Horse – Adrian Kohler y Basil Jones – y su Handspring Puppet Company por sobre todo evocan constantemente a su genial compatriota William Kentridge, habitual colaborador de la compañía. Es el escenario con su ciclorama rasgado y la fantástica presencia de los caballos mecánicos manejados por humanos la atracción principal resultante en un efectismo visual tan rotundo como los sonidos de la guerra que describe.

Ante tal despliegue tecnológico al elenco le cuesta imponerse y si bien eficaz, recurre al estereotipo cuando no a la actuación gritada; faltan aquellos momentos de introspección y de auténtica humanidad que por otra parte el tema pide, paradójicamente, a gritos. La música incidental de Adrian Sutton a la que se añaden canciones de John Tams acentúa  toques locales previsibles pero, sólo las breves y efectivas escenas corales logran competir con el poderío de la puesta en escena.

Al no diluirse en el naturalismo de la película homónima de Spielberg, la versión teatral resulta un triunfo del trabajo imaginativo entre intérpretes y espectadores que la libera de sus posibles similitudes con Lassie o National Velvet, o – mejor ni pensar – Equus

War Horse vale la pena por la emocionante “humanidad” de sus caballos, tanto mas tangible que el resto. Un producto deslumbrante que amén de su renglón lacrimógeno no termina de conmover porque sacrifica todo en pos del efecto. Un show que pudo ser tanto más y que en última instancia halla su redención si, como aquella Yerma, conquista adeptos a las filas del teatro.

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