Una hazaña épica: Les Troyens en Covent Garden

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Mas que caballo de Troya, Les Troyens de Berlioz es un clásico elefante blanco de la ópera. Exige un desafío épico. Y ese desafío, por donde se lo mire, se concreta triunfal en esta histórica versión de Sir David McVicar y Sir Antonio Pappano, dos recientes caballeros que reverdecen los bien ganados laureles londinenses de la obra gracias a la edición crítica estrenada por Sir Colin Davis en 1969 sin olvidar el estreno de la primera integral por Rafael Kubelik y John Gielgud en 1957. El actual director musical de ROH se equipara a sus ilustres antecesores con una orquesta tan opulenta como el coro que deslumbra en cada intervención.

Les Troyens tiene una historia tan complicada como las dos óperas que la integran (La prise de Troie y Les Troyens à Cartaghe), recién veinte años después de la muerte de Berlioz subió a escena, en diversas encarnaciones y ediciones hasta llegar a la de 1969. A principios de los sesenta fue el “show” de Régine Crespin cantando los dos protagónicos femeninos en París, el Colón de Buenos Aires y San Francisco así como Shirley Verrett (y en 1983 Jessye Norman en una sola función) lo hicieron en el Met.

Además del empinado renglón musical, servido con nivel ejemplar por las fuerzas de Covent Garden que confirman la cita de Hugh MacDonald como “la única grand-opera que evita la pomposa superficialidad de Meyerbeer y Halevy, siendo digna heredera de Gluck y Mozart”, son sus escollos escénicos los que la relegaron a la categoría de óperas imposibles como La mujer sin sombra o Guerra y Paz. De allí que el trabajo de David McVicar resulte tan valioso. En los cincos actos – y cinco horas y media de música – el director escocés huye de la incoherencia predominante y la rancia tradición para ubicarse en el medio justo, es en la sabia reunión de elementos eclécticos donde reside su mayor virtud. McVicar desorienta, fascina, atrapa en esta puesta espectacular como hubiese querido Berlioz. La escenografia de Es Devlin remite a Brueghel, Leonardo y otros maestros, buena costumbre la de McVicar recurrir a la pintura como ya lo hizo en otras puestas. Troya es metal, una oscura concavidad gris acerado; Cartago es lo contrario, un poblado anfiteatro terracota, rojo africano. El vestuario de Moritz Junge remite a la época de Berlioz, al Segundo Imperio Francés y al colonialismo. Puede haber discrepancias o reparos con ciertos enfoques pero en líneas generales es un capolavoro. Y por supuesto, cabe la pregunta que haría McVicar con el anillo wagneriano.

La experimentadísima Casandra de Ana Caterina Antonacci es otro puntal de la versión. Su consustanciación con la profetisa agorera es total, no hay un detalle sin trabajar, actriz consumada sólo se extraña un ápice más de voz. Eva Maria Westbroek – la Siglinda del día – compone una Didon a grandes pinceladas, generosa vocalmente, rubenesca en su físico, perfecta con la estética de la puesta es una reina mas luminosa que otras grandes en el personaje. Aunque ninguna haya igualado el fraseo y grandeur clásico encarnado por Crespin – y cabe la pregunta de cómo lo hubiese hecho Callas – tanto Antonacci como Westbroek se ubican a la par de grandes exponentes como Rita Gorr, Veasey, Baker, Horne, Ludwig, Troyanos, Hunt-Lieberson y Graham.

Justamente temido por tenores, Eneas es un Everest en la categoría de Otello o Tristan y el único personaje que canta a través de los cinco actos. La deserción de Jonas Kaufmann catapultó al estrellato al americano Bryan Hymel. Su trabajo es sensacional, Hymel triunfa con la tesitura imposible del héroe convenciendo plenamente (la audiencia de Miami tome nota, cantará con Seraphic Fire La canción de la tierra en abril del 2015). Excelentes en los papeles secundarios Fabio Capitanucci (Coroebus), Hanna Hipp (Anna), Iopas (Ji-Min Park), el venerable Robert Lloyd (Príamo) y Brindley Sherrat (Narbal) con mención especial para Ed Lyon, que hace una intervención memorable en Vallon sonore, la canción del marinero Hylas.

Esta esencial puesta londinense (que viaja a La Scala, Viena y en el 2015 a San Francisco) se suma a otras notables en DVD como las de Melano (1983) y Zambello (2010) del Met, la Fura del Baus, la parisina de Kokkos y la de Salzburg. Obra ardua, exagerada, extensa, completa (sólo el ballet parece sobrar), es fácil sucumbir a sus excesos y por momentos McVicar se acerca demasiado al show pero afortunadamente, nunca se pasa de la raya. Magníficamente grabada y presentada, es una puerta ideal para disfrutar del desmesurado mundo de Berlioz y su visión de la antigüedad. 

* BERLIOZ, LES TROYENS, OPUS ARTE OABD7113D.

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