Gustav y Carlos, aquel fugaz encuentro vienés

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A los 37 años, Carlos Kleiber dirigió La canción de la tierra, con apenas cuatro ensayos reemplazaba a Josef Krips en el festival de Viena. Sería su primer y último Mahler. Que a Carlos no le haya gustado tanto Gustav como para interpretarlo más es un píldora difícil de tragar para sus admiradores (solemos ser fanáticos). Es un encuentro soñado que despierta mil conjeturas y que tuvo lugar esta única vez cuando todavía ninguno de los dos habían alcanzado el estatus legendario que hoy disfrutan tan merecidamente. La precaria grabación del concierto conoció diversas ediciones reservadas a colleccionistas y fanáticos, hoy emerge remasterizada, reverdecida por un trabajo inmaculado digno de alabanza en el sello propio de la sinfónica vienesa, la misma orquesta que en 1964 acompañó a Fritz Wunderlich y Dietrich Fischer Dieskau junto a Krips en otra grabación personalísima editada en homenaje al centenario del compositor.

Nunca ajeno a la controversia, entonces aquel Mahler no contó con la aprobación crítica, algo semejante sucedió con su registro de Tristan e Isolda que despertó arduas polémicas hasta adquirir el grado de culto que hoy goza. Kleiber había estudiado la partitura con su inveterada obsesión, había consultado con Klemperer (que habia dirigido con Mahler y grabado una de las versiones de referencia) y enfrentaba la sinfónica (no la filarmónica) vienesa quizás tentativo. Como no podía ser de otra manera, el producto final lleva su sello inconfundible y no se parece a ningún otro. Sin la menor indulgencia, con un vigor y precisión a toda prueba, navega los seis movimientos con una claridad y audacia superlativas. Es un asalto, un abordaje a una obra impregnada de misticismo y también, demasiados preconceptos. Kleiber desnuda la estructura, deja ver el dibujo de Mahler y al mismo tiempo, la ilumina sin dejarla como una visión clínica y esterilizada. Y como suele suceder con Kleiber, aparecen colores impensados, hasta instrumentos y posibilidades inauditas. Sólo por eso vale escucharla.

Waldemar Kmentt y Christa Ludwig son solistas de lujo. El tenor enfatiza la ironía y la mezzo – fresca de su legendaria grabación con Klemperer y que luego hará con Karajan y Bernstein – funde su voz de lava con la masa orquestal. Es una herida lacerante que descansa en la despedida, y otra vez una lección de canto. Como lo es la de Kleiber, en aquel momento tachado de frio y demasiado fuerte,  una lección de originalidad sustentada por el conocimiento absoluto de la obra pasado por el tamiz de un joven director que ya era un maestro o acaso alguien recuerda a que edad Leonardo pintó su Gioconda o Schubert escribió La muerte y la doncella.  Para ciertos elegidos, la edad es apenas un número.

Un testimonio recuperado de aquel fugaz encuentro de titanes que se instala como referencia junto a las versiones de Walter, Klemperer, Bernstein, Giulini, Haitink, Bertini, Abbado y Yannick-Seguin. 

* MAHLER, DAS LIED VON DER ERDE, KLEIBER, WIENER SYMPHONIKER, WS007

 

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