4 x 4 para un periplo casi cinematográfico

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Alasdair Neale – foto Eisaku Tokuyama

Una vez al año los músicos de la New World Symphony se atreven a ser solistas, eligen una obra y se presentan a concurso. El premio es la participación en un concierto donde son absolutos protagonistas. Y esta vez, otra vez, el resultado fue notable. Un concierto desde todo punto de vista excelente, tanto en programación como ejecución. Afortunadamente aquí brillaron por su ausencia divos caprichosos y trilladas recetas del repertorio; en su lugar, una combinación balanceada que evidenció novedad, interés, calidad y diversidad vertida con impecable musicalidad. El ecléctico programa contó con tres valiosas obras poco frecuentadas de la primera mitad del siglo XX y una del clasicismo que vino a alivianar la entrega, en palabras de su solista – la chelista Julia Yang – “una ensalada nutritiva, liviana, fresca, picante” acertada analogía que dio la joven en el breve video introductorio. Ese concepto de “opulenta ensalada” pudo aplicarse a todo el concierto, una de los mas provechosos de la presente temporada.

Y en tren de analogías bien pudo el cine ser el invisible hilo conductor del concierto liderado por el ejemplar Alasdair Neale, director justo, honesto, versátil, atento y generoso con sus jóvenes instrumentistas, brindándoles la mayor oportunidad de lucimiento posible.

El atmosférico Concierto de Do para flauta y cuerdas de André Jolivet de 1949 inmediatamente remitió a algún film noir de la época, a Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso – sin pretender desmerecer a Miles Davis en el film de Louis Malle -, al misterio incomparable de las escenas en blanco y negro. El sonido arcaico favorecido por el compositor sentó bien a Masha Popova, que navegó a través del periplo emocional propuesto por Jolivet, alternando la melancólica ensoñación pastoral del Largo con el frenesí urbano.

Semejantes contrastes siguieron en el Segundo Concierto para Violín de Karol Szymanowski, obra endiablada, densa y de virtuosidad extrema para solista y orquesta. Es un concierto monumental que resume la música de la Europa que fue y la que vendría, compuesto 1933 -la fecha lo dice todo- y dedicado a un gran amigo moribundo, Pawel Kochánski, que falleció a meses de estrenarlo; de hecho, fue su última actuación. En esta obra puente, no es casualidad que esa muerte sea significativa del momento histórico porque Szymanowski amalgama tendencias y compositores en un producto altamente personal donde no falta la evocación folklórica y los acentos de Bartok, Stravinsky, Wagner, Ravel ni el sabor de fin de era de Korngold o la nostalgia de su compatriota Chopin, todos emergiendo de las sombras ominosas de Fritz Lang o, mejor, Orson Welles. En un solo gigantesco movimiento necesita un solista de kilates capaz de cumplir con la parte y medirse con la orquesta. En Julia Noone se tuvo una intérprete de excepción en todo sentido, desde su refrescante juventud y bella estampa a un virtuosismo y expresividad a toda prueba particularmente manifestado en la evocativa cadenza central.  La actuación de esta estrella naciente marcó el cenit del concierto.

Julia Yang

Julia Yang, cello

Después de semejante lectura no se amilanó Julia Yang al frente del Primer Concierto para Chelo de Haydn, la obra mas conocida del programa que en la segunda parte actuó como remanso a las veladas angustias del siglo XX. Esta vez parecieron desfilar las imágenes galantes del Barry Lindon por Kubrick gracias a la nobleza y aplomo de la solista para una obra traicionera en la afinación que debe ser más impecable que nunca. Y Yang no sólo emergió airosa sino que aportó el lirismo musical requerido y los restantes condimentos para esta, su deliciosa “ensalada”.

Como final, el avasallante romanticismo del jovencísimo Rachmaninoff de su Primer Concierto para piano – tanto menos conocido que el segundo y tercero pero igualmente intrincado – con sus ecos de Tchaicovsky, Brahms y por supuesto Grieg, marco perfecto para cualquiera de las grandes películas del Hollywood dorado. En Yu “Dean” Zang tuvo un vigoroso ilustrador, técnicamente inmaculado, desplegando fenomenal energía y diafanidad en el poético andante.

Un periplo que se antojó cinematográfico gracias a cuatro jóvenes que nada tienen que envidiar a admirables colegas mayores y que sirvió de claro ejemplo de los virtuosos “escondidos” en las filas de la academia orquestal americana. Bravo.

Julia Noone

Violinista Julia Noone

 

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