Una admirable Sexta que pide por mas

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Franz Welser-Most – foto Roger Mastroianni

En su noveno año, la residencia invernal de la Cleveland Orchestra en Miami ha sido y sigue siendo un divisor de aguas en la audiencia local. Es una presencia “con bemoles” y las razones son varias, las dos mas visibles una programación que se caracteriza por complaciente y una ejecución en general irreprochable aunque carente de la personalidad de una orquesta con justificada legendaria fama. Para beneplácito de todos los sectores, la Sexta de Mahler el pasado fin de semana marcó esa ansiada “excepción a la regla” y un anhelo porque esa excepción se convierta de aquí en mas, en regla.

En manos de Franz Welser-Möst, el Mahler borró la impresión decididamente mixta de la semana anterior con una Sexta de Shostakovich de alto nivel contrastando con la mas eficiente aunque anodina lectura de la Eroica beethoveniana que este cronista tenga memoria. Sorpresivamente, el Mahler fue una ráfaga de aire fresco que dejó la impresión que una orquesta de este calibre debe dejar en una audiencia que conquistada supo agradecer de pie – vale señalar por una vez no aquejada de la reacción resorte automático tan de moda – y en la que se vio una gran cantidad de gente mas joven que el común denominador. Razón tenía Mahler al afirmar “Mi tiempo está por llegar”. Hoy su música no sólo es un imán irresistible, sino que a medida que pasa el tiempo suena mas clásica (con todas la implicancias del término), lejana y a la vez, más trascendente y eterna.

Esta Sexta – “trágica” pero no “patética” como la de Tchaicovsky – en palabras de Alban Berg “Es la única Sexta a pesar de la Pastoral”, señala una de las cumbres del genio mahleriano, deja atrás las cuatro primeras del Wunderhorn, anticipa la compleja mordacidad de la Séptima y la desarmante inmensidad de la Novena. Otra vez autorretrato y viaje por una vida en cuatro movimientos pasando por todos los estados anímicos para concluir con su inveterado pesimismo, bien definió el director en su breve alocución al público “Un viaje interior a su inconsciente” aludiendo a la conexión Mahler-Freud. El director austríaco, que ya habia entregado una notable Tercera hace dos temporadas, brindó una versión espléndida, cálida, luminosa, de corte ortodoxo y sin aristas extremas, con una orquesta inmaculada que exhibió un dorado timbre mate, obviamente centroeuropeo, apreciándose a sus integrantes involucrados con una pasión infrecuente en el soberbio marco acústico del Knight Hall del Arsht Center.

Welser-Most eligió el formato original con el Andante en segundo lugar, inmediatamente después del Allegro energico y sus alusiones a Bruckner y a la propia Alma Mahler. En la Sexta, marcial y vigorosa, no cabe duda que la torturada procesión va por dentro, el único escape son los cencerros alpinos que se escucharon propiamente celestiales, de otra dimensión, contrastando con la flagelación constante de los temas principales. Ese segundo movimiento de una liviandad y ensoñación única en Mahler, definitivamente una de sus páginas mas excelsas, como ave gigantesca que quiere pero no puede levantar vuelo por razones que no conocemos, fue vertido con una exquisitez y contenida emoción verdaderamente memorables. La sedosidad de las cuerdas lideradas por el ilustre William Preucil, la imperceptible entradas de los maderas y metales conjuraron un paisaje nocturno de una dimensión onírica raramente lograda en la sala de concierto. La orquesta pareció respirar al unísono, deslizándose en imperceptibles portamentos y glisandos hasta desintegrarse. No se abocó Welser-Most a cargar las tintas, ni a las sonoridades mas profundas o estridencias ni a excesos melodramáticos sino a mostrar la trama, lo que se enfatizó mejor aún la magistral orquestación del Scherzo. Para el largo aliento del último, descomunal como casi todos los últimos movimientos del compositor, se apreció la sucesión anímica escalonada, esperanza versus desesperación, y sus ecos webernianos de la Segunda Escuela de Viena, cada vez mas trágica y espasmódica hasta llegar al breve estertor final.

Una Sexta prueba cabal de que la sinfonía es el mundo y debe abarcarlo todo según palabras de Mahler, asi como que en ellas expresó todo lo que había vivido y sufrido. En síntesis, una versión sobresaliente que pide por mas repertorio acorde, quizás el polémico Bruckner del director austríaco o aquella nunca concretada Octava “de los mil” que engalanaría el ámbito ideal del hall. Si es pedir demasiado, soñar no cuesta nada.

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