Ave Maia, la muerte de la ilusión

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En sánscrito, la palabra “Maia” encierra mil significados, es aquello que existe pero cambia constantemente, es la diosa de la prosperidad, del poder y del amor, de lo material, es la magia que parece pero no es, la realidad palpable, el reflejo de lo que creemos ser, en buen criollo, la ilusión. Curiosa y coincidentemente, el sábado murió una criatura mítica que logró trascender esa ilusión, una ilusión que en su caso era un doble juego porque también la encarnaba: Maia Plisetskaya.

Era mucho mas que una bailarina, que una actriz, que una música y entonces hay que jugar con aquello de “Entre los directores está Carlos Kleiber y los demás”, “Entre las sopranos, está Callas y las demás”, “Entre las pianistas, está Argerich y las demás”, pues bien “Entre las bailarinas, está Maia y las demás”. Como con Callas, nada falta, nada sobra, la medida exacta, la expresión musical absoluta. Un fenómeno estético. La distinguía una cualidad indefinible, intransferible, que iba mas allá del magnetismo que poseía, irradiaba la conexión entre la tierra y el cielo. Era un árbol con las raíces en la tierra y las ramas buscando el cielo.

Recuerdo su esperado debut en el Teatro Colón de Buenos Aires en 1975. Tenía 50 años, edad en la que tantas colegas pasan a retiro. Las expectativas chocaban contra pronósticos pesimistas. Los días previos al debut eran la comidilla del Buenos Aires musical en un país inmerso en un caos con olor a pesadilla. Para aquel Lago de los cisnes hubo intrigas y polémicas, el cuerpo del baile bailaba la coreografía de Carter con una Odette y una Odile, Maia traía la rusa y quería bailar ambas. Ganó la versión Carter pero Maia no se quedó sin bailarlo y se dió el gusto en un recital. Aquellas funciones de El lago señalaron el inicio de un romance con el público argentino, diríase de ribetes deportivos. Y Maia regresó año tras año, bailó en estadios, por televisión, algo nunca visto hasta entonces, había desencadenado un interés inaudito por la danza.

Cómo olvidar la entrada de la reina de los cisnes, acompasada por el suspiro azorado de 4,000 espectadores ante un port-de-bras sobrehumano. Aquella Odette veterana encarnaba una musicalidad y estilo diferentes, cada movimiento integrado a la música. Alejada de la espectacularidad, era puro espíritu. Seguían las interminables ovaciones que eran un espectáculo en sí mismo con Maia saludando en diferentes poses.

Y llegó el recital de despedida donde bailó El cisne negro suplantando los fouettes de rigor con elegancia sin par y La muerte del cisne que ante la multitud enfervorizada debió bisar. Cambió la coreografía. Era otro cisne. Y otra vez, las ovaciones y la imborrable imagen última: a telón abierto, el escenario cubierto de flores, con los cuerpos técnicos y de baile aplaudiendo detrás, de rodillas emocionada ante 4,000 nuevos “devotos” que la habían adoptado y le decían adiós con pañuelos blancos. El sello entre una artista y un público que sentía que Maia bailaba para cada uno de ellos.

No podía no regresar, lo hizo con su Carmen atemporal, soviética, mecánica y cautivante y el Bolero “de Bejart”, que por una vez me hizo disfrutar y comprender la obra de Ravel. Maia, deidad catalizadora de la música haciéndola asimilable, en una apoteosis de la danza desde su origen hasta hoy.

Pertenecía a una trilogía imperial que compartía con sus contemporáneas Margot Fonteyn y Alicia Alonso. No obstante, algo la distinguía de aquellas, era femenina y andrógina a la vez, bailaba con la energía de un hombre. Dejaba boquiabiertos con las acrobacias inauditas de su Kitri (Don Quixote), sus personalísimas Aurora, Julieta, Laurencia, Zarema, Phrygia o Raymonda, mientras que la romántica Giselle se avenía menos a su temperamento. Y cuando el ballet clásico quiso enjaularla salió a buscar quien la rescatara. Acudieron raudos Alberto Alonso, Roland Petit y Maurice Bejart. De Carmen, La rose malade y Bolero a Isadora, Anna Karenina, La gaviota y La loca de Chaillot.

La hija del fusilado por Stalin y de Raquel, aquella actriz del cine mudo internada a un campo de concentración de quien heredó los mismos ojos asustados; la niña adoptada por sus tíos Sulamith y Asaf Messerer llegó al escenario a los cuatro años y floreció. Testigo de la gran guerra y sobreviviente del régimen que representaba y detestaba. Se le permitía salir como trofeo de exhibición y exportación. Sucesora de la gran Galina Ulanova, no se le pareció en nada. Era de otra madera.

Inclaudicable, Maia se retiró a regañadientes, nunca del todo, cuando sus piernas ya no podían le bastaban sus brazos aún alas incomparables y a los 80 años encarnó Ave Maia de su amigo Bejart. Su encanto, cultura, intelecto e inteligencia le granjearon amigos como Leonard Bernstein, Arthur Rubinstein, Pierre Cardin y Marc Chagall. En una autobiografía reveladora – Yo, Maya Plisétskaya – y en dos DVDs imprescindibles –Diva of dance y Maya– cuenta su vida junto a su inseparable compañero desde 1958, Rodion Shchedrin, compositor de tantos de sus ballets. Es un juego maravilloso de miradas, guiños y complicidades de dos seres que se aman, por el que desfilan anécdotas con jerarcas, tiranos, dictadores, artistas y pensadores, de Mao a Yves Saint Laurent no queda nadie en el tintero. Maia no juzga, sólo recuerda y de cuando en cuando mira al bueno de Rodion que sonríe cómplice. Sobran los premios, títulos, condecoraciones y las documentales que se ocuparán de la insondable Maia.

En noviembre hubiera cumplido noventa años y se preparaba a celebrarlo con todo pero, un infarto acabó con la ilusión. Ya no es Maia, liberada en virtud de su arte y humanidad, es ahora realidad eterna.

 

  • Maya Mikhailovna Plisetskaya, (Moscu, 20 de noviembre de 1925 – Munich, 2 de mayo de 2015)

 

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