Isokoski, periplo francés con luz nórdica

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Cada nuevo trabajo de Soile Isokoski merece bienvenida atención. Es una clase magistral, un ejemplo para intérpretes y aficionados. La soprano finesa es una “música de músicos”, alejada de toda alharaca publicitaria y a los 58 años, en el otoño de su trayectoria (ha anunciado su retiro por cuestiones personales) vuelve a sorprender con lecturas provistas de un balance y musicalidad superior.

La soprano aporta un enfoque destinado a ser un clásico desde el vamos, enseña a escuchar y revela nuevos horizontes de composiciones, como en el caso de Les Nuits d`Été, grabadas hasta el hartazgo. Ya sucedió con su lectura de las Cuatro últimas canciones de Strauss, ubicándose cómodamente al tope de una lista ilustrísima. En esta oportunidad aborda un repertorio menos asociado a su instrumento esencialmente lírico, donde compensa con lustre y brillantez la acostumbrada opulencia vocal de las mezzos o sopranos falcon que suelen encargarse de Les Nuits berliozianas. De hecho, Isokoski remite a colegas de su cuerda que han dejado hitos en esta colección de seis joyitas del repertorio francés, léase Victoria de los Ángeles, Eleanor Steber, Elly Ameling, Barbara Hendricks, Kiri te Kanawa o Veronique Gens. La inmaculada coloración, la experta dosificación del vibrato, la libertad expresiva, el cálido distanciamiento en el decir son algunos de los detalles que hacen de su interpretación una parada obligatoria para todo amante de un ciclo que ha sido servido por gigantes.

Estas noches estivales se ven magníficamente enmarcadas por otras dos composiciones asimismo relacionadas con la temática del amor, deseo y pérdida exhacerbadas por un lenguaje que sirve a tres estilos musicales unidos bajo el encantamiento galo. El poema del amor y del mar de Chausson inician el recital con el acompañamiento de una soberbia filarmónica de Helsinki que no dejará de hacer gala estilística del comienzo al fin del compacto bajo la dirección de John Storgards. Al igual que la solista, no puede no destacarse la notable asimilación del estilo evidenciado en la transparencia de las cuerdas y voluptuosidad de toda la orquesta regenteada por el director finés recientemente a cargo de una alabada integral de Nielsen.

Las tres canciones de Duparc – Le manoir de Rosemonde, L’invitation au voyage y Chanson triste – en su versión orquestal rematan este viaje dejando un final abierto, un horizonte y una lección de musicalidad y recato. Aunque esté demás, es una invitación a un viaje francés desde una mirada nórdica clara y exacta, por sobre todo, luminosa.

* CHAUSSON,BERLIOZ, DUPARC. 
ONDINE ODE1261-2

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