Emerson & Fleming, radiante clásico instantáneo

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Una edición poco menos que perfecta de un repertorio tan elusivo como temido y que aquí, gracias a sus eximios intérpretes ofrece solaz al conocedor mientras abre una puerta al neófito. Compuestas entre 1925 y 1938 representan magníficamente a la Segunda Escuela Vienesa con la Suite Lírica de Alban Berg que en las cuerdas del Emerson Quartet emerge moderna y clásica a la vez, es decir, atemporal.

Los contrastes son extremos, la sensualidad intensa y el otoñal romanticismo tardío de indudable estirpe vienesa, avasallante. Esa “ópera latente” según Adorno, con veladas alusiones al preludio de Tristan e Isolda y la Sinfonía Lírica de Zemlinsky y críptica simbología de Berg para disimular su romance clandestino con Hanna Fuchs-Robettin (hermana de Franz Werfel que en 1929 desposaría a Alma Schindler Mahler entonces Gropius), es en todo sentido “tristanesca” y no lejos del affair entre Mathilde Wesendonck y Richard Wagner que la inspiró. El paralelismo entre Hanna/Mathilde, Helene/Minna, Richard/Alban, el banquero Otto Wesendonck/el industrial Herbert Fuchs-Robettin, es obvio.

El asunto recién salió a la luz en la década del setenta después del fallecimiento de la viuda del compositor, Helene Berg y gracias a la investigación del compositor George Perle que tuvo acceso a las cartas y manuscrito original con las anotaciones de Berg quien en cada uno de los seis movimientos revelaba instancias de la relación y también el texto del último movimiento (Largo Desolato), el De Profundis (de Las flores del mal) de Baudelaire traducido al alemán por Stefan George.

El cuarteto presenta ambos finales, con y sin voz. Renée Fleming se une al ensamble con brillantes resultados. Su voz tersa se amalgama a las cuerdas en un derroche de distanciamiento y calidez impecable con el acento tácito en Tristan impregnando la versión.

No es novedad que Fleming ha nacido para cantar este repertorio (léase Strauss, Korngold y demás), la dulzura casi empalagosa de su voz se aviene perfectamente al color y ánimo de la época. Y la elección las canciones del poco frecuentado Egon Wellesz (1885-1974) para completar la edición es una feliz idea que reemplaza al mas usual Webern o Schoenberg.

Discípulo de Schoenberg y del grupo, Wellesz permaneció en la capital austríaca hasta el Anschluss de 1938 emigrando a Londres para convertirse en profesor en Oxford. De 1934, los cinco Sonetos de Elizabeth Barrett Browning (de Sonnets from the Portuguese traducidos por Rainer Maria Rilke) no pueden ocultar la influencia del Schoenberg de Gurrelieder (y del Pierrot Lunaire en la cuarta) así como Brahms, Mahler, Wolf y obviamente Berg. Los primeros tres son basicamente un envolvente duelo entre cello y voz (Nur drei jedoch) con todos los deliciosos ingredientes para una pequeña ópera, que se resuelve después del cuarto, en el último Mir scheint, das Angesicht der Welt verging. La densidad expresiva de Fleming, memorable en la experta graduación en cada frase.

Como broche de oro, una pequeña canción de Eric Zeisl, Komm süsser Tod (Ven dulce muerte), remata el fin de una época y de un mundo. Como tantos, el austro-judío Zeisl huyó a París antes de 1938 y terminó sus días en Los Angeles en 1959. Mas miel que otra cosa no deja de ser un agridulce bombón vienés, susurrante, nostálgico, ominoso, es el piadoso consuelo de aquello que no vuelve e ideal para una Mariscala de los quilates de la soprano americana.

Una entrega plasmada con infinito cuidado y donde el apropiado (por otra parte inevitable) Gustav Klimt de la portada es el exacto reflejo de la música que encierra el disco, las envolventes, doradas Serpientes acuáticas. Imperdible. 

*BERG, WELLESZ, ZEISL, DECCA, CD 478 8399

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