Brioso final: New World Symphony & Seraphic Fire

Alisa Weilerstein en la NWS

Dos ensambles a estas alturas realmente emblemáticos de Miami – la New World Symphony y Seraphic Fire – cerraron sus temporadas con entregas significativas. Merecen llamárselos así porque reflejan los méritos y problemática de una ciudad que avanza en el renglón musical no sin acusar serios traspiés, y uno que otro retroceso; una metrópoli que si bien adolece no poseer un núcleo musical con el asentamiento y firmeza que debiera, se da el lujo de hospedar a la Academia Orquestal de América y a un coro camarístico que trasciende las fronteras locales. En ambos, la calidad está garantizada y es la audiencia local la que apoyándolos sale ganando.
Para su último concierto, Michael Tilson Thomas programó dos obras que ante todo demostraron la pericia técnica y el nivel de profesionalidad alcanzado por sus fellows después de meses de trabajo incansable y continuado. Fue el sentimiento generalizado que sirvió de despedida a los instrumentistas que parten hacia nuevos rumbos. Quizás ante el compromiso que incluía un wallcast con miles en el parque adjacente, el joven Dean Whiteside lució algo cohibido en la conducción de la breve pieza de Frederick Delius extractada de su ópera A Village Romeo and Juliet que no obstante sentó el tenor “británico” de la primera parte de la velada. La suavidad pastoral de “El camino al jardín del paraíso” pintada por Delius pronto contrastó con la ferocidad de la obra que la seguiría inmediatamente: la Sinfonía para violoncello y orquesta de Britten.

Obra ardua, hasta ingrata, para solista, orquesta y audiencias, es literalmente un hueso duro de roer por donde se la mire y hasta cierto punto una sorpresa para un público habituado al broche de oro con caballitos de batalla. Compuesta por encargo de Rostropovich, es tan obvio como innegable que su amigo Ben escribió una partitura sembrada de dificultades técnicas para exaltar el virtuosismo del gran Slava. En comparación, es una obra de menor impacto dramático que las que le compusieron sus compatriotas Shostakovich o Prokofiev (para el caso también Schnittke, Khatchaturian o Lutoslawski) pero que encierra escollos practicamente infranqueables. Doble mérito entonces para la extraordinaria Alisa Weilerstein que emergió triunfante del desafío. Y mérito para la orquesta y su director que enmarcó el trabajo de la joven chelista sin bajar la intensidad ni la guardia durante los cuatro movimientos, donde el Adagio mostró el punto culminante de la inspiración del británico, y varios solos pusieron a prueba a instrumentistas durante el espinoso Passacaglia final.
El bálsamo llegó con el bis de Weilerstein en una sublime lectura de la sarabanda de la tercera suite de Bach, a la que siguió una urgente versión de la Heroica beethoveniana, de transparencia y nitidez incontestables sumado a un notable rendimiento de los bronces y un desbordante caudal sonoro capaz de atravesar las paredes del teatro diseñado por Frank Gehry. Una rotunda, elocuente conclusión de temporada.

Rostropovich y Britten en Moscú, 1964

Por su parte Seraphic Fire cerró su decimoquinta temporada con una extensa selección de favoritos de su fiel audiencia. En esta ocasión liderados por James Bass, director asociado y principal bajo, el coro abarcó cuatro siglos de música comenzando con el famoso Miserere de Allegri, uno de sus “hits” mas recordados reverdecido por una interpretación impecable con la límpidez de la soprano Sarah Moyer como ángel guardián. El Salve Regina de Tomás Luis de Victoria señaló otro momento memorable con los cantantes ubicados en diferentes espacios de la iglesia ortodoxa de Santa Sofía, ámbito ideal.
El madrigal All Creatures Now are Merry-Minded de John Bennet en honor de Elizabeth I de Inglaterra – clara “glorificación de Gl-Oriana”-, el arduo O vox hommes del tortuoso Carlo Gesualdo y un etéreo Blue Bird de Stanford reconfirmaron la solidez del grupo que renueva integrantes sin perder su calidad original.

 

Con la participación de Kyle Nielsen dirigiendo dos spirituals, un fervoroso Oh what a Beatufil City cargó las baterías de la velada para finalizar con una obra que encapsuló cada estilo y cada virtud del versátil ensamble, la Chichester Mass que encargara al americano Wiliam Albright (1944-1998) la iglesia de Chichester en celebración de sus nueve siglos de existencia. Diferente y contrastante en cada movimiento, fue el exquisito tratamiento de la palabra “holy” del Sanctus en cada uno de sus integrantes lo que sirvió para diferenciar claramente a Seraphic Fire de un coro eficaz al sobresaliente que es. Mención aparte para James Bass, tan claro en la dirección musical como en las breves pero fascinantes explicaciones antes de cada obra.

Director Asociado James Bass, Seraphic Fire

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