Jessye Norman, soberana “Rara Avis”

Es inevitable. Sin querer, sin que lo sepan, algunos artistas acaban enlazándose subrepticia e intrincadamente en nuestras vidas sin que nosotros tampoco querramos. Sucede, punto. Por eso, comentar la desaparición de Jessye Norman va mas allá del mero listado de logros que implica el obituario de turno, porque aquella tarde dominguera de principios del 70, Norman me abrió una puerta que nunca mas se cerró, la de la canción de cámara. Un feliz llamado me alertó, literalmente me conminó – “deja chiquita a Schwarzkopf” – a asistir al recital de esta desconocida debutante en el Teatro Colón auspiciado por el Departamento de Estado americano, venia de triunfar en Europa, pocos lo sabían, también eramos pocos en la inmensidad del teatro. Aquella voz tan colosal como su presencia – sus detractores la llamaban “Just Enormous”, lo era en todo sentido – nos paseó por Beethoven, Schubert, Schumann, Ravel, Poulenc, un Satie tan inesperado como delicioso y un estremecedor manojo de Spirituals a capella que no dejaron ojo seco. Un instrumento de suntuosidad y opulencia avasalladoras, capaz de aligerarse hasta el susurro mas liviano. Eran Schwarzkopf, Baker, Crespin y Mahalia Jackson en una.

Sus visitas porteñas no estuvieron exentas de anécdotas risueñas; años después en el Teatro Coliseo un gato se apareció en la escena que la cantante (alérgica) abandonó furiosa, más furiosa aún en el segundo recital cuando un conocido habitué quiso grabarla secretamente con un entonces novedoso “minicassette” que no sabía manejar; el desdichado apretó la tecla equivocada y mientras la diva cantaba comenzó a oírsela en la canción previa; convertida en Medea lo señalaba y él, desesperado, no sabía como detener su patética pirateada. Años después asistí a sus gloriosas Cuatro últimas canciones en la Philharmonie de la todavía cercada Berlin, la voz inmensa parecía levantar vuelo en Beim Schlafengehen  para cruzar al otro lado y luego a inolvidables recitales en Miami traída por la infatigable Judy Drucker. En 2013 vino por última vez a engalanar sólo con su presencia el Festival John Cage en la NWS.

 

 

Atípica absoluta, fue la mas “rara avis” entre las cantantes, ni mezzo, ni soprano, los expertos dirán “soprano Falcon”, una combinación formidable de culturas, inteligencia, disciplina y medios naturales. No sucedería a Leontyne Price como originalmente se pensó, sus pocas Aídas no la hallaban cómoda en esa tesitura tan aguda;  huía de todo encasillamiento, su mundo era el alemán y el francés, dos culturas que enloquecieron con ella, que la consagraron e idolatraron desde su debut berlinés en 1969 como la Elisabeth de Tannhäuser seguido por triunfos en Londres, Paris, La Scala y Viena. Llegó al Met recién en 1983, fue una jugada magistral que respondía a la arquitectura de una carrera meticulosamente planeada -que incluyó retirarse cinco años del escenario para dedicarse a perfeccionar el arte del recital- arribó para el centenario del teatro como Casandra en Los troyanos y la tarde del 18 de febrero de 1984 fue Casandra y también Didon, sólo Crespin y Verrett habían enfrentando el doblete en una misma función, fue su apoteosis, “lava líquida” acertadísimo la definió un crítico. Se sucedieron Ariadne, Sieglinde, Kundry, Jocasta, Judith, Elisabeth, la mujer de Erwartung, Madame Lidoine y Emilia Marty, un repertorio a su medida, tan atípico como ella. De Rameau, Handel y Mozart a las Gurrelieder de Schoenberg, Chausson y Cole Porter; de Dido y Phaedra pasando por Elsa, la Leonora beethoveniana y Penélope de Fauré hasta sofisticadas Salomé y Carmen, Norman interpretaba a su medida y con tiempos lentísimos que llegaron a intimidar a grandes directores -y dicho sea de paso, a unos cuantos periodistas y críticos desorientados cuando no airados con su impredecible temperamento- y enfurecer a otros como Celibidache.  Pero Muti, Abbado, Colin Davis, Mehta, Tennstedt, Levine, Ozawa, Barenboim, Boulez y Karajan cedieron ante su hechizo. Cantando Spirituals para Marian Anderson en Carnegie Hall junto a Kathleen Battle, América en la inauguración presidencial de Clinton, Amazing Grace en el concierto para la liberación de Mandela o a la Delacroix” en La marsellesa para el bicentenario de la revolución francesa, Norman encarnó los mas elevados ideales.

 

Dueña de una voz instantáneamente reconocible, la última década del siglo XX fue “suya”, inteligencia y sensibilidad aunadas, grandiosa e íntima a la vez, con tierna majestad se adueñó de un repertorio exquisito que logró popularizar. Aquella voz de   terciopelo profundo semejaba una pirámide asentada en la madre Tierra que ella supo simbolizar; en palabras del gran barítono Thomas Quasthoff “todo su cuerpo se convertía en su instrumento”. Así Norman llegó a construir un personaje único, un fenómeno estético, un ente artístico que se disputaban directores como Robert Wilson o Julie Taymor posibilitándole crecer escénicamente, que Irving Penn, David Seidner, Yousuf Karsh o Annie Leibovitz se disputaban retratar. Habia trascendido credos y razas, era un ícono americano. Una criatura universal.

 

 

Con el nuevo siglo empezó su declinación, las incipientes afectaciones de antaño se volvieron excesivas, cedió al fastidioso artificio que siempre estuvo latente y el personaje se fagocitó a la cantante que nunca llegó a cantar completa su anhelada Isolda proyectada con Solti y que fue cancelada. Sólo queda un segundo acto en Boston y tantas, magníficas Liebestod. Justamente, la cantante se definía como “…tratando de obtener el balance del que hablara Richard Strauss refiriéndose a Tristan und Isolde, se necesitaba una cabeza tan fría para poder plasmar y contener tanto fuego”. Ni Isolda, ni Dalila, ni una hipotética Mariscala que hubiera quebrado lanzas.

Norman nació un septiembre y, fiel a su estilo perfeccionista, murió este último dia de septiembre, curiosa coincidencia con la primera de las cuatro últimas canciones straussianas que interpretó como nadie, quizás mejor que la modélica Schwarzkopf, mas cercana a Flagstad que las estrenó. En estos cuarenta y cinco años “con Jessye”, ella nunca supo cómo aquella tarde colonera me abrió un universo incomparable, imposible de agradecer con palabras así como dejar de recordarla emocionada dando la mano desde el escenario a los pocos privilegiados que habiamos asistido a su debut porteño, entonces ante el reclamo por personajes futuros decía jocosa “Al único que tendré que rendir cuentas por no cantar las Leonoras verdianas será a San Pedro”.

 

Jessye Mae Norman

15 de septiembre de 1945, Augusta Georgia – 30 de septiembre de 2019, Nueva York

 

 

       “ESENCIALES” DE JESSYE NORMAN

  • RICHARD STRAUSS – CUATRO ULTIMAS CANCIONES – KURT MASUR
  • RICHARD WAGNER – WESENDONCK LIEDER, LIEBESTOD – COLIN DAVIS
  • JOHANNES BRAHMS – LIEDER – DANIEL BARENBOIM, PIANO
  • ARNOLD SCHOENBERG – LIED DER WALDTAUBE – PIERRE BOULEZ
  • HECTOR BERLIOZ – LA MORT DE CLEOPATRE – DANIEL BARENBOIM
  • WERE YOU THERE – SPIRITUAL A CAPELLA
  • ALBAN BERG – SCHLIESSE MIR DI AUGEN BEIDE – 1907
  • RICHARD STRAUSS – ES GIBT EIN REICH – ARIADNE AUF NAXOS

 

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