La Rusalka “real” del Real



Entre tanto desconcierto y desazón pandémica merece festejarse que Rusalka haya definitivamente dejado de ser una rareza reservada al área eslava con esporádicas apariciones internaciones; finalmente abrazada, consagrada, establecida en los escenarios del mundo la flamante puesta en escena desde el Real madrileño es otro hito en la larga, humilde ascensión de esta indiscutible joya de la lírica. Estrenada en los albores del siglo XX, la magistral partitura de Dvorak no se mide con sus primas Salome, Melisande o la mas cercana telúricamente, Jenufa sino que mira al siglo XIX con la dulzura de una tierna despedida a un mundo que no volverá, conjugando, fundiendo, alivianando, tejiendo con su inconfundible impronta los hilos del romanticismo germánico – de Schumann a Wagner guiñando a Humperdinck – y las brisas de su tierra e incluso las estepas hacia el este (recuérdese su homónima predecesora por Dargomizhky y Sadko de Rimsky Korsakov) para concebir una obra única en su encanto, magia y posibilidades, sin fisuras musicales, dueña de un discurso musical que inicialmente deleita, en última instancia emociona con rara calidez, es imposible no amarla.

En esta perfecta síntesis musical, Rusalka resulta mucho más que Ondina o La sirenita de Andersen, muestra sin vuelta de hoja como Dvorak supo coquetear elegante y un tanto descaradamente con las hijas del Rhin wagnerianas y hasta quizás se permitió anunciar las ninfas de la Ariadna straussiana o emparentarse con la emperatriz que renuncia a su sombra como Rusalka a su condición sobrenatural gracias a la fatalidad del amor.

La puesta de Christof Loy la despoja de ese fundamental elemento sobrenatural (asi como Chéreau hizo con el Anillo wagneriano en 1976) para transformarla en una ópera de ese siglo XX, a la que pertenece por derecho propio. Con un dejo straussiano, otra vez Ariadna, parece jugar al teatro dentro del teatro – escenografía de Johannes Leiacker y vestuario de Ursula Renzenbink – trayendo un escenario tan helado como las aguas de las que emerge la heroína, desteñido como un palacio venido a menos, desvaído salón de ensayo de ballet como laboratorio frankensteniano de Hollywood con bajo presupuesto y hasta una roca donde se permite evocar a la sirenita de Copenhague. Y entonces Rusalka ya no es la deidad acuática sino una aspirante a estrella de ballet con acentos de Cenicienta, mas que Sirenita es Patito Feo, paria eterna que engarza con íconos románticos como el Holandés Errante, es la bailarina que no puede bailar, ni comunicar lo que siente, privada de trascendencia, prisionera, sola, incomprendida, postergada, excluida, nunca integrada, no pertenece, otra vez… paria sin lugar en el universo.

Amén de deconstruir el mito, el otro reto de Loy fue hallar una protagonista polifacética capaz de mostrar su pergeñada metamorfosis, inaudita en el escenario de ópera. Desde convencer como muda (asi se pasa gran parte de la ópera) a bailar en puntas y también convencer, esta última virtud no precisamente asociada con grandes (en todo sentido) sopranos. Y Loy afortunado encuentra a Asmik Grigorian. Hace mucho tiempo que no aparece una cantante así, capaz de componer una criatura de ribetes conmovedores, de encarnar cada personaje con una soltura, naturalidad y compenetración fuera de serie. Es una suerte de milagro escénico vocal, no hay rincón que no parezca estar habitado por el personaje en esta cantante que con su aire transgresor ostenta un perfil, diríase, “moderno”. Siempre creíble, verla cantar es verla conversar, la esencia de la ópera: “recitar cantando”. De Marie a Salomé, de Fedora a Kuma, de Butterfly a Marietta, de Tatyana a Rusalka, encarna (literalmente) cada personaje con una consustanciación sorprendente y enternecedora. Vocalmente segurísima, actriz nata, su desparpajo escénico aniquila la crítica, basta observarla, acecharla en el momento menos pensado, nunca decepciona, ni siquiera con un valedero port-de-bras. Grigorian es un rara-avis, única, provista de sensibilidad privilegiada, sólo queda desear que su inteligencia sepa protegerla de exponerse vocalmente donde no debe.

La rodea un elenco de primerísimo nivel encabezado por Eric Cutler, noble príncipe y valiente cantante desempeñándose con bastones canadienses debido a una desafortunada lesión de tendón de Aquiles antes del estreno; lo cierto es que el tenor americano regala una de sus mejores actuaciones hasta la fecha. La hechicera Ježibaba, que pícara asoma desde la taquilla del teatro, es una criatura fellinesca a cargo de Katarina Dalayman, ex valquiria sueca ahora veterana regente de maldades, sin exhibir pasados fulgores pero de gran presencia escénica al igual que Karita Mattila, un auténtico lujo – e indudable atracción – como la princesa extranjera. Si el inconfundible timbre mate de la gran soprano finlandesa a perdido lustre, y ciertos graves no llegan con la facilidad deseada, irrumpe con una energía desbordante que compensa todo reparo. Se suma Maxim Kuzmin-Karavaev como un estupendo Vodnik, el Espíritu de las aguas y vale mencionar los trabajos impecables de Sebastià Peris, Manel Esteve y Juliette Mars así como las  tres ninfas capitaneadas por la ascendente Julietta Aleksanyan.

Destacadísima labor de Ivor Bolton al mando de las fuerzas del Real, quizás un punto apenas por debajo en cuanto a colores y texturas pero cumpliendo espléndidamente con una partitura con aristas traicioneras.

La trasmisión del Real estará disponible en https://www.medici.tv/en/operas/dvorak-rusalka/ hasta el 25 de febrero. No se la pierda, es un enfoque radical y en las antípodas de las añosas versiones fílmicas con Milada Subrotova o la mimada de Peter Weigl con la maravillosa voz de Gabriela Benackova que paseó su Rusalka por los teatros del mundo en los años 70-80 y fascinante comparación con la extraordinaria versión parisina de Robert Carsen con una soberbia Renee Fleming, y las sucesivas del Met, Glyndebourne con Ana Maria Martinez, Munich con Kristine Opolais y osada de Stefan Herheim en La Moneda también en medici.tv.

Triunfo de Loy, con economía de medios que subliman la poesía, en el final, queda indeleble en la memoria del espectador la imagen de Grigorian ascendiendo de espaldas al público bajo una blanca luz cenital contemplando su destino, ni Tosca ni Odette, ni un Caspar David Friedrich, ni un Magritte, ni la muchacha en la ventana de Dalí, sino todas conjurando el enigma que Rusalka guardará para sí, aunque no quiera.