El libertino reconquista Glyndebourne

Desde el Festival de Glyndebourne 2010 llega el séptimo revival de una puesta icónica y los superlativos se acumulan para La carrera del libertino firmada por John Cox y David Hockney coincidiendo con la literal “canonización” del último como el más grande pintor inglés viviente.

Después de treinta y cinco años, la visión de Hockney de la ópera de Stravinsky conserva intacta su frescura para instalarse como referencia absoluta donde convergen la inspiración e intenciones de sus creadores gracias a su óptica irreverente y también respetuosa. Pintor insolente devenido insolente escenógrafo; sus dibujos, sus telones pintados, su anti-escenografía se lleva de maravilla con los grabados del Rake’s Progress de Hogarth amalgamándose con el cruce de caminos expresivos propuesto por Stravinsky y sus libretistas W. H. Auden y Chester Kallman. Tampoco se olvida del teatro moral, del cartoon, de Mozart (con ecos de Cosí y Don Giovanni), del barroco, el belcanto y el clasicismo en una suerte de regresión pictórica resultante en un pasticcio estilístico que le calza como un guante al libertino del neoclásico Stravinsky.

Su aliada es la sabia régie de John Cox que mantiene la emoción a distancia para redondear una puesta coherente con el ácido, glacial espíritu de la obra, la que en un extra del DVD, Hockney, burlón inveterado, define como “La mejor ópera compuesta en Hollywood y el fantasma de la ópera de todas las óperas”.

Y si la versión original de 1975 dirigida Bernard Haitink con Felicity Lott, Leo Goeke y Samuel Ramey mantiene su sitio de honor, ésta no tiene nada que envidiarle. Miah Persson es una excelente Anne Trulove mientras Topi Lehtipuu como Tom Rakewell dibuja impecable su descenso al infierno. Sin emular al mefistofélico Ramey, Matthew Rose compone un Nick Shadow de gran nivel.

Ópera en inglés compuesta por un ruso en California, no puede ocultar su indomable esencia eslava. Por eso, el moscovita Vladimir Jurowski, consumado mozartiano entre otras virtudes, es la elección ideal para hacer brillar a la London Philharmonic en los acentos más líricos y darle lustre a las aristas mordaces subyacentes en la partitura.

En síntesis, un clásico que reverdece sus bien ganados laureles y que si bien tiene importantes rivales en DVD (especialmente la versión de Robert Lepage desde Bruselas) se mantiene indemne a través del  tiempo. Indispensable☼

* STRAVINSKY: THE RAKE´S PROGRESS, OPUS ARTE OA 1062 D

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