Stéphanie Argerich: Todo sobre mi madre

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Admiradores, seguidores, fanáticos, enamorados y detractores suspiren aliviados, llegó el esperado documento que en la mejor tradición familiar fue anunciado, demorado, casi cancelado y hace apenas dias lanzado al mercado americano: Bloody Daughter de Stéphanie Argerich que paradojalmente hasta en ese detalle jugó sin querer con de tal palo tal astilla.

Habría que empezar por tratar de averiguar en qué se diferencia Martha Argerich del resto de los mortales. Entre muchas otras cosas, en que no se le nota haber estado tan cerca de la muerte a la que parece haberle ganado la partida de El Séptimo Sello; o quizás porque por derecho propio pertenezca al reino de los inmortales. Ella lo intuye pero no quiere ni le interesa comprobarlo. No cabe duda de que es una suerte de deidad, una diosa en la verdadera acepción del término. Cuantas veces nos hemos preguntado cómo habrían sido Callas, Horowitz, Toscanini o Pavlova en la intimidad, más allá del brevísimo clip que sobrevive como mera curiosidad arqueológica, mas allá del reportaje obviamente preparado o ensayado.. cómo eran de verdad. Nos habrían dado alguna señal que desenmascarara su condición extraterrena o nos hubiesen confrontado con su cotidianidad mostrándose – o disfrazándose – como simples mortales.

Y Stéphanie hace historia revelando a esa elusiva Martha, a ese ser que nadie vió en aquellos. La maga atrapa y fascina.  Mediante el artilugio, o la excusa, de ser su hija deja que la inexpugnable Garbo del piano se revele a si misma, desnudándose con una calidez y candidez arrobadoras, con una humildad, sinceridad y valentía que la agigantan aún más. Y el resultado es tanto mas valioso y esencial de lo que quizás madre e hija suponen.

Más allá de las connotaciones aplicables (o no), sobrevuela el Cocteau de Los monstruos sagrados, La bella y la bestia, Los padres terribles (y también Los niños terribles) además del inevitable, previsible Cría Cuervos y alguna Electra de cuántas anden por ahí… mejor olvidarse, capitular, rendirse frente a esta señora que aniquila la cámara desde el rabillo del ojo, fresca de un sueño, desperezándose en su cama, desgreñada, atemporal, bellísima, hilando frases geniales, examinándose con la claridad  que le regala el nuevo dia. Eso sólo vale el film.

Martha confirma la sospecha de tener cinco o cinco mil años alternándose imprevisibles como el mercurio a lo largo de un día, o de una hora; no sólo es la mejor pianista del mundo (y si no, la mas legendaria), es un ser de dulzura y ternura infinita que va mucho mas allá de la fascinación de serpiente que ejerce consciente o inconscientemente sobre todo lo que la rodea, hipnotizando, paralizando tanto audiencias como familia y satélites cercanos. Sucede a pesar de ella, no eligió ser quien es y en eso sí, su condición es la de cualquier mortal. Despatarrada como gata críptica en un futón acariciándose los pies, mira y se transforma en una escultura de Oriente, con la misma sabiduría o con un misterio de Mona Lisa, de enigmática Gioconda criolla. Eso sólo vale el film.

Y si no debe ser fácil ser hija de un monstruo sagrado, convivir con una artista de cabo a rabo, esperar las excusas o satisfacer las expectativas de crío, tampoco debe ser fácil ser Martha Argerich. Dicho sea de paso, con o sin fama de por medio, no es fácil ser hijo o ser padre, punto. Se hace lo que se puede y con la mejor intención. Si es difícil, por momentos imposible, ser “hija de”, es también un premio. Son las reglas del juego y seguramente no se cambiaría por ninguna, no querría ser hija de otra.

No vale revelar las alternativas de Bloody Daughter con sus altos y bajos, su anecdotario feliz y no tan feliz, los traumas y vicisitudes, las pequeñas venganzas, reproches y lamentos, intimidades y confidencias. Film de un lirismo tierno, amniótico, impregnado de nostalgia, femenino hasta el tuétano, de una rara belleza que culmina en una escena bergmaniana con las cuatro mujeres – Marta y sus tres cachorras – pintándose las uñas de los pies al fresco en improvisado Desayuno en la hierba. Eso sólo vale el film.

No hace tanto, Maximilian Schell filmó a su hermana Maria Schell, anciana y extraviada, construyendo una película sobrecogedora, brutal sobre la célebre actriz austríaca. Al escozor inicial por su irreverencia se sucedía la admiración por su coraje, el entendimiento a su necesidad por testimoniar, como podía, su amor fraternal. Y en cierto sentido, este documento comparte esa misma ferocidad amorosa. En valerse del medio que manejan para encontrar mas que al retratado, a sí mismos. 

Cuando Stéphanie dice Soy la hija de una diosa lo resume todo. Tamaño destino, tamaña tarea, tamaño privilegio. En noventa minutos ha compartido lo que más le cuesta, a aquella que adora, y sólo por esa generosidad, es obligación agradecerle. Así como el haber captado un ser mágico e irrepetible con espontaneidad recíproca; el haber plasmado un Todo sobre mi madre que es el canto de amor de hija a una madre que se lo devuelve – generosa y vulnerable – en el último minuto del film. Una madre total, a la vez tan divina, a la vez tan humana. Eso sólo, obviamente, vale el film.

* BLOODY DAUGHTER, IDEALE AUDIENCE, 2 DVD(*), 3073908

(*) La edición trae un segundo DVD de postre con el Primer Concierto de Chopin en Varsovia 2010, una versión tan memorable como el film, con una Argerich literalmente poseída en la sala que la catapultó al estrellato internacional en 1965, gozando la música y conversando mientras toca quizás, por qué no, con Chopin… Todo es posible en su universo.

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