Eugene Onegin, lo que no fue

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Como en su excepcional Anillo del Nibelungo de Copenhagen, Kasper Holten vuelve a inspirarse en el eterno femenino para concebir Eugene Onegin, su primera puesta como director del Covent Garden londinense, tan esperada como polémica. Mas sobrio, el director cuya devoción por la obra nació en su niñez, comparte ciertas características con las de su contemporáneo noruego Stefan Herheim en Amsterdam, ambos recurren al racconto como idea motora. Si en el caso del noruego es externo y abarca la convulsionada historia rusa en un desfile extravagante que evoca al Arca Rusa de Aleksander Sokurov, el danés lo aplica al ámbito íntimo. En vez de Brunilda en la biblioteca del Walhalla, ahora es Tatiana frente a sus recuerdos, a las puertas de su memoria, rememorando lo que no fue.

Es una puesta contrastante, oscura, lúgubre, lejos de la simplicidad (aparente) de las escenas en las que Tchaicovsky destiló la obra de Pushkin; una versión perturbadora que acerca al compositor a las complejidades de un Ingmar Bergman visitando siete capítulos del libro de la memoria de Tatiana. Cabría preguntarse cual hubiese sido la reacción de Tchaicovsky al ver cuántas lecturas y enfoques inspiró su ópera, cada día más vista como un ensayo autobiográfico, cada vez mas lejana de la fastuosidad del Bolshoi y mas próxima a la intención original del Conservatorio de Moscú al que cedió su estreno en 1879.

Sin embargo, Holten no va por esa vertiente (también rechaza de plano toda alusión homosexual entre Onegin y Lensky), ni explora demasiado en las ambivalencias de los personajes aunque utiliza bailarines que los doblan en momentos capitales y que debilita, por ejemplo, la escena de la carta. El danés apuesta al valor del recuerdo y su asociación con luz y color que resulta onírica, fantástica, como en un sueño con zonas mas iluminadas que otras, con escenas deformadas, decantadas, seleccionadas por tiempo, conveniencia y memoria. En perfecta sintonía con el régisseur, los decorados frontales de Mia Stensgaard, los trajes de Katrina Lindsay y la iluminación  de Wolfgang Göbbel emanan de ese mismo lugar, son pórticos que al abrirse dejan ver la acción; Tatiana los cierra cuando no quiere ver estos tableaux-vivants góticos, cuando no, expresionistas en sus feroces escarlatas, azules y verdes o en último caso con alusiones a la iconografía rusa y medieval.

En todo momento prima la melancolía de la madurez sobre el desenfado de la juventud de los personajes, ni siquiera en los bailes, practicamente ausentes, o como en el caso de la polonesa donde sólo el protagonista quiere danzar con los que semejan espectros de un ballet. Tanto Onegin como Tatyana están atrapados por lo que no pueden deshacer, por aquellos errores que los obligaron a crecer. Una  puesta que deja instancias abiertas dejando al público sacar sus conclusiones. Holten no los juzga, los acompaña en su calvario personal al igual que Gremin, el marido de Tatiana que presencia desolado la última escena.

Desde todo punto de vista, formidable la madura Tatiana de Krassimira Stoyanova (también protagonista en la versión de Herheim) mientras que la pareja Lensky-Olga (Elena Maximova y un excelente Pavol Breslik) queda desaprovechada en su unidimensionalidad quizás porque después de todo es sólo desde el ángulo de Tatiana. La veterana Diana Montague es una Madame Larina de lujo como la nodriza de Kathleen Wilkinson  y el imponente Peter Rose cumple como Gremin.

El notable Simon Keenlyside, barítono británico versátil, inteligente y completísimo que finalmente debuta en Miami a fin de mes como solista de la Orquesta de Cleveland, compone un Onegin diferente a todos: impulsivo, neurótico, incontenible, burlón, irreverente, celoso aunque su arrepentimiento se trasunta desde el comienzo, todos sus actos llevan el sello de lo inevitable a su pesar. No es querible ni pretende que el público simpatice con él, el único momento afectuoso es su desesperado abrazo al amigo Lensky previo al duelo.

En el foso orquestal, el desempeño del promocionado Robin Ticciati se muestra desparejo, alternando momentos vigorosos y bombásticos con otros inertes o faltos de interés, como si dejara a la orquesta sola regresar a un sabor eslavo adquirido anteriormente.

En síntesis, otra valiosa visión del torturado personaje que en DVD ofrece emerge multifacético en las interpretaciones de Herheim, Tcherniakov, Trelinski, Breth, Vick y la minimalista de Carsen del MET reemplazada esta temporada por la  mas tradicional de Deborah Warner originada en el ENO y de proxima aparición en DVD.

* EUGENE ONEGIN, HOLTEN-RICCIATI, OPUS ARTE DVD OA 1120 D

Keenlyside,Simon-CreditUweArens

Simon Keenlyside – foto Uwe Arens

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