El Anatsui, hacer con lo que ha sido

El Anatsui

El Anatsui en el Bass Museum – fotos World Red Eye – cortesía Bass Museum Miami Beach

Hace ruidito, como musiquita…” dice al oído de su madre la niña en brazos mientras sin pestanear mira absorta la gigantesca pieza de El Anatsui que parece estar a punto de devorarla. Y esa mirada que advierte ese secreto aleteo, que ve mejor que cualquier grande, quizás sea la mejor manera de aproximarse al trabajo del gran africano exhibido en el Bass de Miami Beach como parte de los festejos del 50 aniversario del museo.

Sería más apropiado, más fácil, remitirse al artista nacido hace setenta años en Ghana, maestro por décadas en Nigeria, hoy consagrado en bienales, ferias y museos; especular sobre la fascinante alquimia de su original reciclado, teorizar sobre la conversión de deshechos apocalípticos en belleza pura o comprobar que mientras limpia su tierra hace de aquello que recoge arte con mayúsculas, la suya semeja una laboriosa tarea de hormigas concatenada hacia la monumentalidad, armada de imaginación e imaginería alucinantes.

En cambio, es tanto más gratificante conocerla desde el deslumbramiento de niño que provoca esa primera impresión (y no estaría lejos la imagen del Monet que bautizó un movimiento),  deslumbre que es mezcla de curiosidad y asombro, que impone un dejarse llevar ante una obra regocijada en la conjugación de elementos tan locales como universales. Desde ya, “pinta tu aldea y pintarás el mundo” resulta un lugar común pero irrefutable con este artista que desde lo mas profundo del continente negro abre sus ramas como árbol de la vida y que hecho de cosas muertas se proyecta hacia todos los rincones del planeta, tal como hizo aquel primer hombre.

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La universalidad intrínseca y paradigmática con que El Anatsui redime chapitas, papelitos, botellitas y otros desechos – “porquerías que nadie quiere” – induce al espectador a jugar, a ser partícipe (o protagonistas como los responsables de instalarla), a cultivar ese provechoso diálogo sagrado y silencioso que se manifiesta entre ambos. Y entonces empiezan los parecidos y derivados, las aventuradas conjugaciones que comienzan y terminan en la imaginación de cada uno porque en realidad no se parecen a nada, es el viejo juego del veo veo qué ves...

Colores, formas, composiciones y músicas impensadas que desatan la urgencia de la imaginación, un dominó borgeano con sus jardines de Oriente y Occidente que llega hasta Macondo. Es el telón escarlata del Palais Garnier, el azul del Atitlán, los oropeles de Klimt, los mantos de El Greco, la madera hecha Mondrian o la reciedumbre de Rothko; es el terciopelo sonoro de Berlioz y Wagner y el metal de Monteverdi, la percusión balinesa y los tambores de Etiopía; es Bizancio, es la mugre y el polvo, son tentáculos de oro, mantos tehuelches, cardúmenes de ébano y lapislázuli, torsos de cíclopes arropados, despojos de animales fantásticos momificados por el sol, las columnas de Efeso, los mandalas tibetanos, mariposas abigarradas, los portales de Petra, las redes de pescadores mediterráneos y de piratas del Indigo, la máscara de Agamenón y los pectorales precolombinos, el sonido antiguo de Paul Klee, las arenas de Namibia, la lluvia de Elliott Carter, el desierto de Georgia O’Keeffe, las bitácoras oceánicas, los mapas de la memoria de la humanidad y hasta el que bien podría ser de Estados Unidos coincidiendo caprichoso por clima y color en la monumental Gravity and Grace y tanto más… todo reunido en una especie de Grande-Jatte dominguera por este Seurat moderno que se pasea esparciendo o atando pétalos de lata y caramelos.

Las obras de El Anatsui reflejan el cansado peso del mundo, logran que no se vuelva a mirar la basura como tal, le da otra oportunidad, la dignifica, la eleva. Desde el mero impacto visual al juego de filigranas y texturas, el tratamiento del espacio y materiales, en su rigurosa balance entre liviandad y pesadez, en ese esencial “invisible a los ojos” que invita al sonido – “ese ruidito como musiquita” – es una exhibición de visión obligatoria y para toda edad porque reune lo que tantas muestras de arte contemporáneo carecen. Motiva, genera, inspira, divierte, huye de los rótulos y cierra un ciclo necesario al transformar cada asistente en niño asombrado, al rescatar ese equilibrio primal  entre “Gravity and Grace”.

GRAVITY AND GRACE: MONUMENTAL WORKS BY EL ANATSUI

11 de abril al 11 de agosto de 2014

BASS MUSEUM OF ART 

2100 Collins Avenue, Miami Beach

Miércoles a domingo de 12 a 5, viernes de 12 a 9.

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