Isabel Leonard: “A Class Act”

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Podría decirse que el debut de Isabel Leonard en Miami no sólo fue el debut del año, sino simple y llanamente uno de los mejores recitales líricos de los últimos tiempos en el ámbito local. Y las razones son muchas. En primer término fue un recital ejemplar desde todo punto de vista donde la cantante presentó un programa bien armado que si bien no riesgoso vocalmente, conllevaba el peligro del tedio. Y la bellísima joven mezzo salió airosa con un enfoque inmaculado y fresco que le permitió reverdecer los ganados laureles de cada canción y además, validar plenamente sus recientes credenciales, léase consagración y premios.

La cantante neoyorquina (dicho sea de paso, mitad argentina y el Teatro Colón porteño debería tomar nota) exhibió una presencia magnética aunada a seriedad y elegancia innatas que no le restaron un ápice de simpatía ni encanto. Enmarcada por el excelente acompañamiento de Vlad Iftinca, fue un desfile de gemas del repertorio ibérico vertidos con cuidada pronunciación no exenta de algún deliz; no obstante, el mérito de Leonard cantando en español, una lengua traicionera en la que es fácil exagerar, es la ausencia total de amaneramiento, la naturalidad con el idioma (en su caso, materno) y saber exactamente lo que canta, de ahí que cada composición emergió plasmada como una brevísima ópera.

Las canciones de cuna señalaron el núcleo afectivo del recital, Leonard estremeció como la mejor Teresa Berganza o Victoria de los Angeles, fundiendo dulzura y sencillez con sentimiento e intensidad trátese de Montsalvatge, de Falla, Mompou o Valverde Sanjuán rematando con una antológica Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos. En la última línea, electrizó con la apenas susurrada “que este hijo mio no sea soldado” mostrando lo que puede ser una actriz-cantante de raza así como inmediatamente después en la ferocidad de Olas gigantes de Bécquer-De Falla. Tampoco se quedó atrás con Las siete canciones populares españolas que cerraron el recital ni las Canciones Negras ni el trillado Clavelitos que rescató, mejor dicho, reverdeció con espontaneidad y gracia sin par.

Amén de las virtudes anotadas hay que regresar a lo esencial, al instrumento de Leonard, de una belleza y color radiantes, de un esmalte y resonancia exquisitas combinados con eximia técnica que le permitió desplegar un vasto arsenal y que se confirmaron en el bis, la canzonetta española de Rossini donde se lució con una soleada combinación mediterránea de sus aclamadas Rosina, Dorabella y próxima Cenerentola. Cerró en estilo con el segundo bis When I Have Sung My Songs. En síntesis, Leonard que también triunfa como Cherubino, Miranda y Sesto podría deslumbrar como Melisande, Octavian y en un futuro, Carmen. Su temperamento y medios hacen augurarle un futuro aún mas brillante que su presente.

Un “A Class Act” que sirvió de broche de oro para el último Sunday Afternoons of Music, cuya presencia se echará de menos en este Miami que en ciertos renglones parece quedarse cada año culturalmente mas sola. Un debut y una despedida, y el deseo que la despedida no sea tal y que la debutante regrese pronto.

 

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