La sorprendente NWS liderada por James Gaffigan

 

RAN_8341Sobran razones para sugerir que el concierto de la NWS con James Gaffigan y el pianista Jeffrey Kahane fue el mejor de la temporada musical en curso. Al menos ese fue el sentimiento generalizado. No fue perfecto (nadie pretende) pero los pro superaron ampliamente a los mínimos reparos, tan mínimos que no vale la pena mencionarlos. Lo que si debe mencionarse en primer término es que se hizo pura música y con mayúsculas, palpable en la electricidad del ambiente, sumándose la excelente combinación ofrecida por el programa: una obra de César Franck, compositor prácticamente olvidado, uno de los sublimes conciertos para piano de Mozart, perfecto tributo a su 260 cumpleaños, y un grandioso poema tonal de Richard Strauss, gracias a Stanley Kubrick y 2001, el mas popular de los compuestos por el músico bávaro y obviamente aguardado por una audiencia expectante dentro y fuera, gracias al Wallcast.

Y cuando la NWS está afilada prueba que no hay nada como el ímpetu y energía de la juventud, que es la mejor aliada del compositor del período que sea; capaz de infundirle vida desde un manantial que no conoce impedimentos ni rutina al discurso musical, y que James Gaffigan – director de la sinfónica de Lucerna y principal de la Radio Holandesa – aprovechó al máximo interpretando las intenciones de su ensamble, siendo vínculo y conductor que llevó el concierto a buen término.

Un breve poema sinfónico raramente ejecutado fue el adelanto del grandioso reservado para la segunda parte. En apenas quince minutos, El cazador maldito de César Franck, basado en la balada El cazador salvaje del romántico alemán Bürger, ilustra el mundo fantasmagórico del Berlioz de la Sinfonía Fantástica con referencias a Liszt y Saint-Säens, con el sabor del interludio de Le Villi que Puccini estrenó un año después. El expuesto comienzo por los metales fue ejecutado con limpieza ejemplar sumado al trabajo de las cuerdas en espléndida forma. La vehemencia de Gaffigan añadió un bienvenido toque romántico al crescendo impetuoso que describe la enloquecida cabalgata del cazador y su encuentro con las fuerzas sobrenaturales. En una pieza exigente para la orquesta, la NWS sonó rotunda, demostrando las virtudes de cada sección y un nivel de seguridad envidiable en la descripción de un oscuro romanticismo que sonó más alemán que francés.

En vivo contraste, la ansiada armonía y serenidad se instalaron con la ejecución del Concierto para Piano 22 en mi bemol mayor de Mozart por Jeffrey Kahane, un solista excepcional a cargo de un flamante piano Fazioli que prestó su sonido poderoso y a la vez dulcísimo. Esa redondez sonora fue aprovechada por Kahane para una versión de corte intimista, de estilo y musicalidad irreprochables enmarcado por un vibrante acompañamiento de Gaffigan, resuelto, poderoso, severo, clásico con memorables intervenciones de la flauta (Masha Popova), fagots y clarinetes plasmando un lectura con la alegre majestuosidad requerida. Kahane ejecutó sus propias cadenzas (Mozart no dejó) con la misma limpidez con la que abordó la obra íntegra cuyas referencias a Barbarina (Las Bodas de Fïgaro) y el Jeunehomme (Noveno) no fueron pasadas por alto para culminar con el delicioso minué y jubiloso Rondó final. Lamentablemente no hubo bis.

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Jeffrey Kahane

La divina evocación a Amadeus cedió paso a la odisea espacial de Kubrick. El cine ha hecho de las suyas en la difusión del repertorio clásico, afortunadamente. La NWS plasmó un amanecer orquestal deslumbrante precedido por el ominoso acorde do mayor del comienzo del mundo, tan Wagner, tan Rheingold. Al igual pero en mayor medida que el previo Chasseur Maudit, un gigantesco poema tonal como Asi hablaba Zaratustra provee a cada integrante de la orquesta un ejercicio estupendo, motivo de lucimiento e implacable exhibición de sus capacidades, es un torneo y desafío que la Academia Orquestal Americana y Gaffigan obviamente gozaron al máximo.

Hubo ocasión de lucimiento para todos, incluso las violas, Cenicienta de las orquestas, así como el cello de Julia Yang definiendo momentos vitales. De hecho, todas las cuerdas tuvieron un rendimiento fuera de serie, con una bienvenida electricidad, contrastante, muscular, más terrena que espiritual, mas incisiva que celestial y que tuvo su resolución en el lúdico vals vienés con un enfoque rústico y a la vez decadente propio del mejor Rosenkavalier, esta vez mas Mariandel que Octavian. Vale mencionar los contrabajos en De la ciencia, el clarinete en La canción del sepulcro y el trombón en El convaleciente asi como los timbales y percusión final más sus doce campanadas y la labor magnífica de todos los metales empezando por el expuestísimo rol consagrado a las trompetas.

Gaffigan se lució en el manejo de planos sonoros entregando una lectura vigorosa, cálida, convincente, rica, plena de enfático dramatismo, si faltó cierta sensualidad no se notó ya que mas que visionaria se trató de un retrato del mundo actual con sus abismos y cimas, por momentos ensordecedoras. En el aplaudido final el maestro tuvo la delicadeza de felicitar a cada miembro de una orquesta que le respondió con inusual identificación. Nobleza obliga.

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James Gaffigan – foto Franca Pedrazzetti

 

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