Dos españolísimos lideran la Carmen de FGO

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Trillada hasta el hartazgo, la frase “Otra vez Carmen?” es consenso entre el público de ópera. Sin embargo, debe darse crédito a la incontestable magia de Bizet que funciona desde el primer instante; no por nada es el título mas popular del repertorio, aquella que el mismísimo Brahms exclamó “quisiera correr a abrazar a Bizet”, la que con su manantial melódico dejó verde de envidia a Wagner e hizo suspirar a un emocionado Tchaicovsky.

En la versión que abrió la temporada de FGO se pudieron apreciar curiosas consideraciones estilísticas dignas de resaltar. En primer término, una Carmen notable a cargo de la madrileña Maria José Montiel, en la mejor tradición de sus ilustres predecesoras (Teresa Berganza y Victoria de los Angeles a la cabeza), diferente a las Carmen usuales en este lado del charco, tanto mas terrenales, crudas e impulsivas incluso vocalmente. Así como suele dividirse a las Tosca en “cuchilleras” o “señoriales”, en un personaje tan adaptable al temperamento de la cantante, Carmen también cae en esa categoría siempre al filo de la navaja. Y la bella Montiel dió clase de estilo, para tomar nota, danzas y castañuelas incluidas. Ni gitana desatada, ni ingobernable poseída, sino una criatura pícara, irónica, encantadora, elegante en su rusticidad telúrica, auténtica, provocadora y en paz con su fatídico destino desde el vamos. Dueña de un aterciopelado registro medio, aun luchando contra un fuerte resfrío, logró imponerse vocalmente amén de alguna nota tirante. Sin acudir a espectacularidades innecesarias, Montiel cantó (léase de nuevo: cantó) una Carmen sazonada, bordada al mínimo detalle, con un ritmo y cadencias deliciosas en las que no faltaron exquisitos pianissimi. Una artista hecha y derecha que ojalá pronto regrese.

El otro claro puntal de la noche fue su compatriota Ramón Tebar. Celebrando su centésima representación con la compañía, el maestro valenciano lo hizo haciendo gala de estilo, uno que pudo desorientar a algún desprevenido. Gracias a Tebar, no se tuvo la Carmen habitual, inclinada al verismo, excesivamente trágica, sino una chispeante cabalgata en el espíritu de la Opera-Comique, irrefrenable, efervescente, contagiosa en una orquesta que respondió sin fallas, que caló hondo en los momentos dramáticos a la vez que brindó un cuarteto, terceto y en especial, quinteto con rara frescura, la que por otra parte debe tener.

Irresistible terreno de experimentación, Carmen ha pasado por todo, desde la rancia tradición zeffirelliana a la austeridad de un Peter Brook que acabó haciendo otra ópera, La tragedie de Carmen, los enfoques e intervenciones de todo tenor están a la orden del día. La vasta experiencia de Bernard Uzan se constató en el hábil movimiento de cantantes, coreutas y figurantes; mas discutible resultó su válida visión del romance entre la gitana y el soldado durante el bellísimo preludio al tercer acto que el director trasladó como anticlimático final del segundo, así como la muerte de Carmen. El aporte flamenco de Rosa Mercedes embelleció y enfatizó justamente momentos claves, no sólo en la taberna de Lillas Pastia, sino durante el transcurso de la ópera (lo que en principio pudo ser un exceso pero probó lo contrario) que se presentó con diálogos hablados y con algunos obvios cortes que permitieron representarla con un solo intervalo.

En un renglón mas previsible pero también gratificante, Rafael Dávila entregó un Don José estentóreo, infatigable y torturado que fue creciendo en intensidad a medida que transcurrió la función. Asimismo, la joven Hailey Clark compuso una Micaela creíble y vocalmente destacable con un Je dis que ne rien m’epouvante de excelente factura. La otra sorpresa de la noche llegó con el Escamillo del debutante Ryan Kustler, que valientemente cantó mucho mas enfermo que la protagonista hasta el punto de perder su voz en el tercer acto para ser reemplazado por su suplente Calvin Griffen que cantó el cuarto desde un palco mientras Kustler mimaba la parte. “Never a dull moment” superado con gracia y profesionalismo.

Eficaces las intervenciones del grupo de jóvenes artistas del programa de FGO. Un sonoro Zuñiga de Alex Soare al igual que Nicholas Ward como Morales y Benjamin Taylor como Dancaire. Mención aparte para las simpáticas Frasquita y Mercedes de Elena Galván y Courtney Miller y un coro que en las lides femeninas superó a sus pares masculinos.

En resumidas cuentas, una colorida versión con Montiel y Tebar negociando hábilmente lo español con lo francés y una musicalidad ejemplar que apeló al viso de eternidad de la criatura de Bizet. Aún y pese a todo, valga la frase de Merimée “Le charme opere”.

Información de las funciones de CARMEN en FLORIDA GRAND OPERA

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