Montserrat Caballé, adiós a la voz de cello

 

Montserrat Caballé probó que la voz humana es hermana del cello, con aquel inigualable, inmaculado sonido de cuerdas donde el aire oficiaba de arco, que emergía de la nada, crecía y se agigantaba para volver a esfumarse misteriosamente tal como vino. Como con tanta fauna y flora irremplazable, Caballé es parte de una inexorable extinción anunciada, la de las últimas divas que van dejando un vacío imposible de llenar. Las hicieron y tiraron el molde, los supuestos reemplazos parecerían no terminar de estar bien horneados. 

En 1965, después de una década de “años de galera” en Basilea, Bremen, México, Buenos Aires, la catalana se consagraba en Carnegie Hall gracias a la cancelación de Marilyn Horne como Lucrezia Borgia. La certera ecuación de un famoso crítico Callas + Tebaldi = Caballé desató el voraz apetito de la lírica. Ese mismo año Callas se retiraba a cuarteles de invierno y Caballé se pronunciaba “La década anterior fue de ella, la próxima es mía”. Acertó la nombrada “Superba” frente a la “La Stupenda” de su rival Joan Sutherland y de su antecesora “La Divina”. 

Si la consagración fue neoyorquina (sumando catorce personajes en un centenar de representaciones metropolitanas entre 1965 y 1985) su reinado fue preferiblemente europeo donde importaba menos su porte matronil que llegó al colmo en el irreverente “Monsterfat” de sus detractores. Aquella niña que nació estrangulada por su cordón umbilical y bautizada Montserrat cuando su madre desesperada la consagró a la virgen morena, que pasó una infancia y adolescencia de privaciones hasta remontar a fuerza de una ambición y tenacidad literalmente catalanas, se sentía mas a sus anchas en Europa, en la Scala, Covent Garden, Bolshoi o su amado Liceo barcelonés que ayudó a reconstruir luego del incendio y donde se retiró formalmente en 2002 con otra rareza, la Catalina de Aragón del Enrique VIII de Saint Säens.

 

 

Obediente continuadora de la revolución iniciada por Callas, Caballé fue una Callas sin aristas, sedosa, iridiscente, soleada, mas cercana a los cultores de una belleza vocal inaudita por privilegiadas condiciones naturales – casos Leontyne Price, Pavarotti, Wunderlich – aunque sin descartar el elusivo aspecto dramático que en ocasiones emergía vigoroso. Dueña de un repertorio amplísimo que incluyó una sublime Liú y algunas controvertidas Turandot, su comarca era el belcanto donde no sólo abordó las cumbres – testimoniado por aquella paradigmática Norma en el Teatro Romano de Orange – sino que exhumó tantísimas reinas y heroínas ignotas y Verdi donde prestó su instrumento de lírica tornándose spinto, para servir al compositor con antológicas Elisabetta, Desdémona, Leonora, Violetta, Elena, Luisa, Giovanna y su incomparable Aída registrada con Muti, la mejor del catálogo discográfico, quizás sólo acechada por la sedosidad de Leontyne. También hubo verismo, más Puccini como antes hubo Mozart y el Wagner lírico (luego añadió Isolda y Siglinda con resultados mixtos), repertorio francés – inolvidable Depuis le jour de Louise – , alemán y claro, español.

En la década del setenta grabó todo lo que se le ocurrió, y más. En esos años cantó tanto que hubo quien le reprochó ser una “máquina de cantar”. Humana al fin, sobrevinieron escandalosas cancelaciones por justificadas razones de salud – un flanco siempre débil, siempre amenazante – aunque no faltó la londinense para irse de compras a Paris con su amiga Elena Obrastzova. Se casó con el tenor Bernabé Martí que junto con su hermano llevaron su carrera formando el “Clan Caballé”, compitió con Franco Corelli y Richard Tucker, apoyó a su coterráneo José Carreras, al principio fue ideal partenaire de Domingo, luego se distanció para aliarse con Pavarotti, se peleó con Alfredo Kraus por las Olimpíadas pero la diva veterana hizo feliz para siempre a su devoto Freddie Mercury. Las anécdotas, desplantes y reconciliaciones llenarían volúmenes como toda diva que se precie.

 

 

A principios de los ochenta, recién aterrizado en Miami, el Buenos Aires Herald me encomendó entrevistarla. Me encontré con una dama de hierro jocosa, sencila, generosa y sagaz. “Hijo, cuando eres joven te coges a la oportunidad, y yo me las cogí a todas. Me cogía la Violetta, me cogía la Norma, me cogía la Salomé, te diré….me las cogía a todas!” – hay que imaginar al argentinito conteniendo la risa ante la repetición del verbo fatal – “Esas tres son mis favoritas. Adoro Strauss, cantarlo es como entrar en el mar, Salomé, Arabella, Ariadne y mi adorada Mariscala con la que debería decir adiós, no crees?. Pero, ya llevo ciento siete personajes y que quieres que te diga….  tengo tantas pa’aprender!”.

Aprendió muchas mas, añadió estilos y repertorios barnizándolos con aquel sonido inconfundible que parecía detener, a veces demasiado, el tiempo. Con todo, lograba repetir la magia de antaño y extasiar, si debió retirarse hace años su vocación era mayor, sobrevivían aquellos legendarios filados y pianísimos en los que literalmente se instalaba y que ahora abundaban en demasía como merecidas licencias poéticas. Pero la gran Caballé es la de los ataques temerarios – hasta cuando abusaba del golpe glotal como su antecesora Leyla Gencer – la de los filados filigrana y agudos interminables que desataron ira de tenores y arrobamiento de fans; en definitiva, era una enamorada más de su voz, motivos tenía.

En la incontenible catarata de panegíricos de críticos y colegas, ninguno mejor plasmado que el de su ilustre contemporánea Teresa Berganza: “El mundo se ha convertido en una selva hostil para la ópera, el relumbrón de las absurdas puestas en escenas y las glorias retratadas en instagram hacen que la esencia se desvanezca, pero si alguien desea rescatarla, saber de qué se trata, por qué tantos hemos dado la vida por defenderla, que se siente en un amable sillón y deje sonar su voz, la voz de Montserrat, y entrará por la puerta grande en el cielo del arte.”. 

María de Montserrat Bibiana Concepción Caballé Folch, Barcelona, 12 de abril de 1933 – 6 de octubre de 2018. 

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