Dos estrellas emblemáticas del canto actual

 

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, al menos lo ha sido para los amantes de la lírica locales cuando recitales de grandes cantantes eran tradicional parte de la programación de cada temporada. En un pasado muy reciente, en estas costas actuaron en plenitud vocal, entre otros, Marilyn Horne, Jessye Norman, Rolando Villazón, Kathleen Battle, Juan Diego Florez, Montserrat Caballe, Cecilia Bartoli, Bryn Terfel, Renee Fleming, Luciano Pavarotti, Kiri te Kanawa y Dmitri Hvorostovsky. El público estaba al corriente de cómo sonaban en vivo los divos de cada década, detalle fundamental para la apreciación de un cantante lírico. Hoy en cambio, debe conformarse con esporádicos recitales de figuras emergentes como han sido los recientes casos de Nadine Sierra, Isabel Leonard y Michelle Bradley. Si bien es cierto que es un rubro difícil en todas latitudes, Miami parece haberse olvidado de su existencia.

Por eso el debut de Anna Netrebko, la mas famosa soprano del momento, junto a su marido el tenor Yusif Eyvasov auguró una bocanada de aire fresco y un hito en la programación local. Y también un buen pretexto para constatar los estandares actuales, comportamientos de público y artistas, responsables por “educar al soberano” o en su defecto, dejarse llevar condescendientes con la ley del menor esfuerzo y máxima ganancia.

A los cuarenta y siete años, en absoluta posesión de sus extraordinarios medios, Netrebko se encuentra en la cima de la fama. Su instrumento posee una redondez y cremosidad difícil de hallar en sus coterráneas, es una avasallante rara-avis que exhibe lustre y sedosidad mediterráneas. Lejos de la incisiva nasalidad de las eslavas – de hecho, sería la directa sucesora de Galina Vishnevskaya –  podría evocar a una Mirella Freni, Margaret Price o al legendario meteoro búlgaro Ljuba Welitsch, virtudes a las que suma carisma, genuina dulzura y simpatía a toda prueba hasta completar un producto de características únicas, en síntesis, “the real thing”. 

Actriz nata, su rendimiento se potencia circunscripta a una trama, al servicio de directores y personajes, recuérdese sus notables Violetta, Natasha, Susanna, Tatyana y Manon de antaño así como sus celebradas Lady Macbeth, Leonora y Aída actuales. En recital, los resultados dependen del repertorio que decida abordar. De allí que el concierto en el Arsht Center fue problemático mas allá de la carismática presencia de la diva. En principio, mas que recital formal fue un show que combinó breves arias célebres con opereta y canzonettas matizadas con los inevitables solos orquestales; quizá lo híbrido del programa o los precios exorbitantes ($130-420 cuando en el resto de la temporada el máximo oscilan entre $150-200) para los habitués ahuyentaron la asistencia que debió haber sido multitudinaria en vista de la magnitud del evento.

Hoy utilizado como (fastidioso e ineludible) bis de conciertos líricos, el Brindis de La traviata marcó una curiosa bienvenida de soprano y tenor a un público entusiasta seguido por la Marcha Húngara de La condenación de Fausto de Berlioz a cargo de la Orchestra Miami dirigida por Jader Bignamini, quien acompaña al dúo en sus giras internacionales. Vale destacar que la orquesta de Elaine Rinaldi concitó a valores locales que realizaron una tarea que sobrepasó las expectativas bajo la competente batuta del joven italiano. Con un espléndido Io sono l’umille ancella de Adriana Lecouvreur, Netrebko confirmó en vivo sus mayores virtudes así como en la breve pero siempre efectiva Vissi d’arte de Tosca. Su voz ha crecido, se ha ensanchado, lustrosa y homogénea a lo largo del registro ahora mas dramática pese a cierta guturalidad en graves y en instancias acusando incipiente vibrato. En el Lamento de Federico y E lucevan le stelle de Tosca, el tenor mostró una voz de certero impacto, estentórea, caudalosa, con emisión algo cruda que se resiente en los graves y encandila en los agudos, sin duda su fuerte. Una feliz Meditación de Thais por la violinista Mei Mei Luo fue seguida por Non ti scordar di me y Tuyo es mi corazón, como almibarado final de la primera parte.

Una enérgica obertura de Candide dio paso a Netrebko en Il bacio de Arditi, otro bombón que puso a su público de pie (constante que se repitió con cada intervención) y la invocación a la luna de Rusalka – en el programa impreso figuraba otro Dvorak, Canciones que mi madre me enseñó – que señaló la cumbre de la velada con la soprano en cautivante media voz, dando muestras de lo que es capaz. Eyvazov abordó el remanido Turna a surriento y un convincente Quando le sere al placido de Luisa Miller para culminar con el Nessun dorma de rigor rematado con un agudo impactante que le garantizó el éxito mas allá de cualquier reparo. Después del tristanesco intermezzo al tercer acto de Manon Lescaut, Netrebko cantó su último solo, el aria de La Wally evidenciando cierta fatiga en los graves. El concierto finalizó con el edulcorado Cantami para delirio de sus fanáticos y un O sole mio que tecnicamente sirvió de bis y conclusión. Este solo bis dejó con gusto a poco ya que la soprano no había ofrecido ningún aria fundamental de su flamante repertorio (Aida, Macbeth, Trovatore, etc), ni tampoco pudo apreciárselos en dúos del repertorio operístico como acostumbran (Otello,Trovatore, Andrea Chenier).

Definitivamente, Netrebko es un talento natural e intérprete intuitiva que ha conquistado el estrellato en virtud de sus innegables condiciones. Si su arte impacta y envuelve, no siempre emociona; quizás esté cantando mas con el capital que con el interés, quizás esté sacrificando su deliciosa frescura innata por una calculada espontaneidad, por un canto mas efectista cuando no indulgente que despierta incondicional admiración de gran parte de la audiencia y motivada inquietud a sectores del público que la valoran y necesitan como artista consumada. 

 

 

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