Art Basel Miami y las maletas de la memoria

A todo vapor ha pasado la edición décimoséptima de Art Basel Miami Beach en el después de tres años finalmente remodelado, ahora flamante Convention Center que luce como ámbito mas acorde con el tiempo que se vive y espacioso para la monumental feria que convoca las artes visuales cada diciembre transformando Miami en un hormiguero de visitantes ávidos y colleccionistas ansiosos. En cinco dias desfilaron ochenta mil visitantes por las doscientas galerías que brindaron obra de mas de cuatro mil artistas. Las “ofertas” del año han sido, por nombrar sólo dos, un Rothko por cincuenta millones y un Basquiat por dieciséis y medio. A los costados se apilaron Keith Haring, Frank Stella, Alex Katz, Jeff Koons, Joan Mitchell, Robert Longo, Ed Ruscha, Anselm Kiefer, Louise Nevelson, etc etc. en una danza de billetes tan vertiginosa como inquietante que premió un Mark Bradford adquirido en cinco millones.

 

Aparentemente, mas allá de las sólidas ventas registradas en la feria principal, los resultados en las ferias satélites han sido mas tibios que otros años asi como la oferta orientada, con honrosas excepciones, hacia una veta mas comercial y abigarrada que incluyó Art Miami y su hermana Art Context. No obstante, la semana de ArtBasel y el tradicional “Baseling” es un aluvión que sacude sanamente a los locales dejándolos exhaustos hasta “el próximo carnaval”, sin contar con el ingreso de divisas a la economía del condado Dade y aledaños y la posibilidad de estar en contacto con las últimas tendencias, el mexicano Abraham Cruzvillegas y el argentino Tomas Saraceno incluídos.

 

 

Si algunos se quejaron con la letanía perceptible “mas de lo mismo” vale destacar el rol de las entidades locales como el ICA con una importante muestra de Judy Chicago, el Bass con los Haas Brothers y las islas de Christo “revisited” en el PAMM que hizo conocer a quienes no experimentaron el fascinante trabajo del artista en la bahía de Biscayne hace trés décadas. Hubo ausencias, por ejemplo la lamentada desaparición de CIFO asi como de galerías en Wynwood que hoy luchan por relocalizarse en barrios menos costosos (para iniciar un ciclo que volverá a repetirse) y nuevas presencias como la flamante Fundación Atchugarry en Uptown que podría subsanar espacios que se echan de menos.

 

 

Mas allá de tanto visto, más allá del amontonamiento de imágenes que asaltan al mas avezado es la decantación final lo que redime la o las visitas a la o las ferias. Opioid de Robert Longo y Still beneath a pillow de Idris Kahn definen con su título mas de una impresión de la cabalgata y microcosmos que reflejan la vorágine de Art Basel. Si Mary-Anne Martin volvió a destacarse con impactantes Leonora Carrington y una deliciosa sopa clerical del primer Botero, la aspereza poética del alemán Neo Rauch hizo lo suyo al igual que el rigor de clásicos como los ya tradicionales Landau y su oferta de museo, los Kandinsky, Nolde y Klee de la muniquesa Thomas o sudamericanos como Lygia Clark, Ana Sacerdote, Roberto Aizenberg y Leon Ferrari, los trabajos en lana de la turinesa Lara Favaretto o el oriental Park Seobo en la fuerte competencia de galerías orientales.

 

 

 

Mientras una descansada formación de Morandis parecía observar impertérrita al visitante desde la entrada con un dejo de sabio hastío, las fascinantes maletas de Rayyane Tabet en Sfeir-Semmler apelaron a la contemplación, a memorias distantes y por qué no, la huída, aquella misma de la del “que huye del mundanal ruido”…

 

 

 

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