En el principio fue… Hildegard

 

Abrir una temporada con “la primera música firmada por un compositor que no se llame Anónimo” – risueña pero certera acotación de Patrick Quigley, creador y director de Seraphic Fire– supone una bendición e implica un desafío. Música que lleva en sus espaldas casi mil años y que suena todavía fresca como manantial inagotable de pureza e inspiración, la música de Hildegard von Bingen (1098-1179). Heroína, visionaria, pionera, santa, escritora, científica, sabia, polímata, referente de mujer universal, germen del todo hasta de la música, la suya que continúa floreciendo incontenible justificando una fama que abarca un amplísimo espectro. Enfrentar su música – como intérprete y como espectador – obliga a un acto de reflexión, a sumergirse en un mundo antiguo que impregnado de mística atemporalidad mantiene insólita vigencia.

En el acústicamente ideal – aunque mas helado que de costumbre – ámbito de St. Philips, las quince damas del ensemble coral encarnaron impecables el Ordo Virtutum, suerte de esbozado oratorio narrando la lucha entre la virtud femenina y el demonio personificado por un sonoro James Bass que vestido de rojo sangre supo exaltar su vena histriónica a la perfección. Las voces seráficas prestaron sus delicados instrumentos a esta “Orden de virtudes” emergiendo una a una del ensamble; desde “Humildad” y “Misericordia” a “Caridad” y “Paciencia”, las siete se unieron inmaculadas en su batalla contra la oscuridad elevándose por momentos con estremecedora limpidez y caudal.

Fue un desafío para el grupo dirigido por un Quigley atento y minucioso al máximo quien con la precisión de un reloj, enlazó, balanceó, plasmó un filigranado mundo interior que asomó con la requerida claridad y controlada emoción. En un auténtico tour de force a capella como éste, Seraphic Fire vuelve a confirmar su solidez y calidad, es su mejor carta de presentación. Asimismo, en algún aspecto no dejó de ser un desafío para la fiel audiencia que la organización se ha granjeado a través de los años; a riesgo de caer en cierta monotonía Quigley no hizo cortes ni cambios perceptibles en la composición, apostando el todo por el todo.

La sensación de atemporalidad fue lograda con elementos simples, acorde a la naturaleza de la música y las voces del grupo se destacaron diferenciándose claramente dentro de su unidad inquebrantable. La contralto Luthien Brackett, la mezzo Amanda Crider y la soprano Sarah Moyer merecen especial mención así como Sara Guttenberg que en el centro de la arena marcó las diferentes estancias.

Afortunadamente este trabajo que señala un auspicioso comienzo de temporada será registrado para renovado deleite de los tantos devotos de la extraordinaria “Sibila del Rhin”.

Información de Seraphic Fire