Incomparable Lorraine Hunt-Lieberson

 

Con un debut de campanillas, la orquesta Philharmonia Baroque de San Francisco lanza su propio sello discográfico para celebrar treinta años de existencia.  Y en su mejor tradición lo hace con una joyita, afortunadamente preservada en los archivos de la entidad, que vuelve a testimoniar una de las colaboraciones musicales más fructíferas de su época, la del director Nicholas McGegan con la lamentada Lorraine Hunt Lieberson (1954-2006).

Es una esmerada compilación – con espaciosa, notable claridad sonora –  de dos recitales en la First Congregational Church de Berkeley. El primero de 1991 previo a la grabación para Harmonia Mundi de las arias que Handel compuso para Margherita Durastanti y  el segundo, en 1995 con Les Nuits d’Eté de Berlioz.

Si en Handel no sorprende la conocida afinidad entre música e intérpretes – por su espontaneidad y nobleza las lecturas de L’angue offeso de Giulio Cesare, Ombra cara de RadamistoOgni vento de Agrippina son excepcionales – es en el ciclo berlioziano donde el disco adquiere visos antológicos.

Cuesta creer que ésta haya sido su primera incursión en la obra – así como en éste repertorio para la orquesta – y lamentablemente, la última colaboración entre ambos. La extraordinaria consubstanciación entre Hunt Lieberson y McGegan se aprecia a cada instante y la orquesta responde con admirable limpidez y precisión.

Obra favorita de la discografía, Les Nuits d’Eté ha recibido versiones de altísimo nivel entre las que deben destacarse las pioneras por Eleanor Steber y Victoria de los Ángeles pasando por Janet Baker hasta las mas recientes por Anne Sofie von Otter, Brigitte Balleys, Véronique Gens y Bernarda Fink, dejando como Hors Concours la paradigmática grabación de 1963 por Régine Crespin dirigida por Ernest Ansermet.

Basta afirmar que la presente no sólo no empalidece frente a aquel registro referencial sino que – con los pro y contra de cualquier toma en vivo – se ubica a la par. Al igual que Ansermet, los tempi expansivos de McGegan captan la asfixiante atmósfera nocturna de los poemas de Théophile Gautier, añadiéndole la fresca transparencia de su orquesta de práctica informada al que se suma el abandono, intención y lustre vocal de Lorraine Hunt Lieberson evocando la opulencia sonora y femineidad de la gran soprano marsellesa.

Mórbido, radiante, sensual, exquisito, tierno o espectral cuando es requerido, la redondez y color de su instrumento se prestan ideales para cada melodía, unidos a una expresividad soberana y un entendimiento y naturalidad tales, que semeja encarnarlas. En el apropiadísimo texto acompañante, el director Stephen Wadsworth cuenta su sorpresa al comprobar que no era su exclusivo privilegio sentir que la soprano parecía cantarle sólo a él, que ese fenómeno se repetía en cada oyente.

Su desaparición temprana  truncó el poder apreciarla en obras que se hubieran avenido a su voz y temperamento como La muerte de Cleopatra – otro Berlioz a su medida e intensidad “callasiana” – o en Mahler, del que dejó contados registros en vivo.

Magníficamente enmarcada por McGegan y su agrupación, con su feroz honestidad artística la cantante californiana sorprende otra vez mientras deja su acostumbrada impronta, indeleble. De  artista de culto a leyenda por derecho propio en un cd imperdible, firme candidato a figurar entre lo mejor del 2011

Sebastian Spreng©

* BERLIOZ-HANDEL/PBP-01 / 8-5218800301-0

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