Anne Sofie y su dulce Francia de juventud

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Quizás sea una virtud escandinava nacida en largos días de verano y largas noches de invierno. Tenue y poderosa combinación de fuego y hielo, de distancia e intimidad que al encontrarse provoca la chispa justa de la emoción controlada. Emoción que asoma inalterable cuando nada falta, nada sobra. Fue un rasgo de la cinematografía de Ingmar Bergman que en el campo musical hoy bien podría aplicarse a su compatriota Anne Sofie von Otter.

En este flamante álbum doble, la mezzo sueca convoca dos vertientes – “melodie” y “chanson” – de una lengua musical si la hay, cantándole a Francia con una exquisitez y encanto hoy casi introuvable en cantantes galas para triunfar en un territorio donde recientemente sólo otra “extranjera” como Felicity Lott – “su Mariscala” – logró conquistar al quisquilloso público francés.

Es un recital formidable, una reunión bien pensada y mejor ejecutada que incita a contemplar dos mundos que aunque unidos íntimamente poseen características propias. Por un lado, la interpretación del material estrictamente “clásico” regido por normas más establecidas; por otro, el “popular” donde el ingrediente personal se hace más obvio más necesario y entonces, la vivencia fundamental requerida para el primero se torna imprescindible en el segundo.

En el primer compacto con melodies aporta su sello de calidad proverbial sin dejar de sorprender con una La flute de pan de Debussy que no se escucha tan sensual, lánguido y pícaro desde la mejor Régine Crespin de principios de los 60, así como también en Le Secret de Fauré, Vogue vogue la galère de Saint-Saëns y la Ballade de la reine morte d’aimer de Ravel. Un grupo del venezolano Reynaldo Hahn – con la afortunadamente inevitable L’Heure exquise aunque se eche de menos A Chloris – compite con dos hallazgos del berlinés Charles Martin Loeffler (en Serenade acompañada en viola por Antoine Tamesti) y un arreglo de la Danse macabre de Saint-Saëns para voz, piano y viola firmado por su siempre excepcional compañero de andanzas musicales, Bengt Forsberg.

El segundo con chansons no defrauda, deleita aún más. Narradora de raza se trate de Lieder o Song, la intérprete realiza magistralmente la transición del salón parisino al café de boulevard para convertirse en elegantísima diseuse secundada por un grupo de primer nivel que remite a los años cincuenta y sesenta. Y aquí se necesitan agallas (e inteligencia) para evadir fantasmas del pasado, llámese Edith Piaf, Yves Montand, Barbara, Léo Ferré, Georges Moustaki o Charles Trenet porque atreverse con Göttingen, Boum!, Parlez-moi d’amour o Padam Padam equivaldría a salir indemne de cantar tangos inmortalizados por Carlos Gardel.

Su mayor acierto es huir de la imitación reverencial aportando en cambio, vivencias personales con cada canción cimentadas en su juventud transcurrida en el sur de esa “dulce Francia, querido país de infancia”. Evita (atinadísima) tentarse con ciertos clásicos y en su lugar comparte lo que parecería ser un delicioso racconto de favoritos de juventud. Así como Caetano Veloso puede transformar e incorporar a su repertorio temas tradicionalmente “intocables” de tango y jazz, la mezzo maneja esa misma alquimia concitando un reencuentro íntimo y nostálgico de irrefutable autenticidad.

A los 58 años, halla acentos e inflexiones nuevas que compensan el natural desgaste de un instrumento conservado admirablemente y que en definitiva, no hacen más que reflejar la voz de la experiencia. Rodeada de un equipo excelente (incluído su agradecimiento a la legendaria Janine Reiss), cante lo que cante, von Otter sigue probando que es una aristócrata del canto. Dulcísima, jamás almibarada, tan alerta como temeraria logra que La vie en rose reverdezca al aplicar su habitual vuelta de tuerca regalando una versión originalísima y por sobre todo, entrañable.

Anne Sofie von Otter recuerda, añora, suspira, disfruta y se divierte (mucho) hasta contagiar sus sentimientos con una sonrisa que se adivina, con un guiño cómplice y ganador siempre presente en un álbum para atesorar. Chapeau!

* ANNE SOFIE VON OTTER, DOUCE FRANCE, NAÏVE V 5343

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