Aplauso: todos o ninguno

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Vuelve a imponerse un breve y antipático recordatorio (hace un año fue publicada la nota original) acerca del aplauso, manifestación natural afortunadamente irreprimible aunque en ocasiones, enervante.

Recuerdo mis primeras incursiones a la sala de concierto. Neófito, deslumbrado, hambriento de música, necesitado por aprender a disfrutar todavía más, me llamó la atención una nota al pie del programa que rezaba “Se ruega al público no aplaudir hasta finalizada cada composición o grupo de canciones”.

Asimismo recuerdo una jovencísima y monumental Jessye Norman conquistando al público porteño con un Liederabend tan exquisito que imponía el mas absoluto silencio entre canción y canción. A nadie se le ocurría quebrar el hechizo y aunque a mi no me faltaron ganas de aplaudir, tuve a bien recordar el “cartelito”. Me abstuve. Tanto mejor y tanto mas aprovechado como mas fervorosa la ovación final que premió a la entonces debutante.

Ha corrido mucha agua bajo el puente y las teorías sobre el aplauso han cambiado, se han flexibilizado y enhorabuena pero, no tanto. Ya no se cuestiona ni cuando ni cómo por mas que moleste al vecino. Y es una lástima, porque atenta contra la capacidad de disfrute de los demás e incluso del que aplaude, cuando no (mas importante todavía) la concentración del intérprete.

No hace mucho, ante una andanada intolerable de irrupciones a destiempo y sin razón, sugerí tímidamente regresar al discreto “cartelito” salvador. Fui confrontado con la negativa mas absoluta que invocaba el sacrosanto derecho del público soberano…  en realidad, terror disfrazado ante la posibilidad de perder espectadores, aunque se tratara de sólo dos o tres.  Me limité a acotar que si previo a la función se ruega apagar los teléfonos celulares, por más que sea en vano, no hay ninguna razón para no reinstaurar el bueno, viejo y querido “cartelito” educador.

No cabe duda de que la música es alimento y así como es aconsejable aprender a comer y comportarse en la mes, hay que aprender a aplaudir, cuando, cómo y donde. Son convenciones de la civilización occidental acuñadas a través del tiempo para disfrute de quienes integramos esta comunión entre público e intérpretes suscitada por la música. Un detalle urbano que los orientales han aprendido e incorporado más rápido y mejor que nosotros. Como aplauden todos o ninguno, apuesto a que sin pruritos ni cuestionamientos, ellos usaron y aún usan el temido “cartelito”.

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