Angela Denoke: Salome, flor del mal

La propuesta del régisseur Nikolas Lehnhoff siempre interesa; aún más en el repertorio Wagner-Strauss. Desde su pionero Tristan con Nilsson y Vickers en Orange han pasado cuarenta años; le siguió el multifacetado Anillo muniqués y, entre otros, recordados trabajos en Glyndebourne (Jenufa) y Baden-Baden con Parsifal y Lohengrin y un menos convincente Tannhäuser.

Esta última ecuación también podría aplicar con Salomé, obvia seguidilla a su fenomenal Elektra en Salzburg. Aquí son otras ruinas, las de un bunker en un Medio Oriente actual con soldados y mensajeros de uniforme. Quizá menos impactante que el Hofmannsthal, Lehnhoff entrega, como bien la define en el texto adjunto, “una Salomé emancipada en una situación límite”. Un mundo insostenible, apocalíptico donde todos esperan, o desean, el inminente colapso. El director alemán traza paralelismos con los Gibichungos del Ocaso wagneriano y a la princesa de Judea con Kundry, Lulu y la Nora de Ibsen. Ese “delicado acto de balance” se advierte tan ominoso y constante como el “pájaro negro” que acecha, centinela encarnado en el verdugo. Además, por una vez, la danza de los siete velos cobra sentido gracias a un electrizante juego de gato y ratón entre el viscoso Herodes y la abusada doncella que se alista para retrucarle con su fatídico pedido.

En Angela Denoke tiene Lehnhoff una cantante-actriz extraordinaria, que emerge como pálida flor del mal o exótico pájaro rosado en un mundo al que pertenece pero le es, todavía, ajeno. Curiosa, candorosa, inocente, atrevida y malsana, a medida que avanza la acción va marchitándose, pudriéndose como la flor que encarna. Su desempeño escénico y musical prueban que lleva el rol bajo la piel y su registro grave y medio una riqueza de mezzo que añade otras aristas sórdidas a esta princesa virginal. Sutil, compleja y voluble, Denoke se abandona a las notas aunque los agudos ya se vean seriamente comprometidos, mucho más deslucidos todavía en la agotadora escena final. En la Herodías de Doris Soffel, Lehnhoff se regodea mostrando el parentesco con su Klytämnestra. Una hastiada, insufrible diva hollywoodense, una Agnes Moorehead cantada y gritada en dos o tres momentos claves. La relación entre ambas se palpa tanto más intensa que en otras producciones, otra vez, Elektra versus su madre.

Equiparando a sus contricantes femeninas, Alan Held y Kim Begley cumplen en sus asignaciones respectivas de Jochanaan y Herodes mientras que Marcel Reijans es un vocalmente radiante Narraboth. Espléndida la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin bajo Stefan Soltesz, una excelente adición al Festival de Baden-Baden donde está tomada la grabación, sin público.

Sin la abrumadora ferocidad de David McVicar en Covent Garden (con Nadja Michael), ni la decadencia kitsch de Jürgen Flimm en el MET (con Karita Mattila) o el más convencional Luc Bondy desde La Scala (también con Michael) y dejando a un lado la película de Götz Friedrich con Teresa Stratas; la Salomé de Lehnhoff es una alternativa válida, especialmente por dejar testimoniado el detallado trabajo de la soprano hamburguesa; en absoluto la arpía acostumbrada sino una flor echada a perder. ☼

* R.STRAUSS: SALOME, ARTHAUS MUSIK, UNITEL CLASSICA, DVD 101 593