Santa Fe, ardiente montaña de ópera

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Estreno mundial de Cold Mountain de Jennifer Higdon – foto Ken Howard

Razón tenían Stravinsky y Georgia O’Keefe en volverse literalmente locos por Santa Fe. Estaban tan cuerdos como el visionario John Crosby que fascinado con el desierto de Nuevo México decidió fundar una compañía de ópera en un ámbito donde reina un silencio tan hondo que hasta la música sobra. La patriada de Crosby en 1957 rindió sus frutos; hoy la SFO se acerca a su sextoagésimo aniversario como privilegiada entre sus pares dándose el lujo de no llorar déficits. Disfruta de prestigio mundial, apoyo generoso y no se permite aquello que no puede. Cada verano concita un público internacional y curiosamente heterogéneo que distendido e informal se da cita en el espectacular teatro al aire libre enclavado entre sierras para una temporada de cinco títulos que incluye caballitos de batalla, alguna rareza y a menudo primicias mundiales que acaparan la atención de crítica y público. La receta no falla, buena ópera servida en inmejorable bandeja.

La vedette de esta temporada fue Cold Mountain, primera ópera de la laureada Jennifer Higdon con libreto de Gene Scheer que tuvo el buen tino de resumir a lo esencial la popular novela de Charles Frazier llevada al cine por Anthony Minghella en 2003. En dos actos, el primero funciona a manera de prólogo, planteando en flashbacks la odisea del desertor confederado W.P.Inman y su regreso a Cold Mountain donde lo espera la sufriente Ada, una Penélope sureña asistida por la rústica Ruby. En el segundo, Higdon encuentra – o resuelve – un lenguaje tanto más sólido y convincente que en el primero. Honesta y consciente, deja “respirar” a las voces en los diálogos, arias y ensembles, mientras que los momentos sinfónicos peca de un abigarramiento orquestal que hoy no deja de resultar obvio cuando no convencional. Es en las instancias íntimas y evocación de los Apalaches y del lirismo sureño donde Higdon plasma tanto ese mundo como el ansia y desolación de los amantes siempre separados en escena. El climax de la ópera es el coro Buried and forgotten; que estremecedor e inolvidable, también marca una senda para la compositora al conseguir aunar todos los elementos que hacen grande al género lírico.

El extraordinario éxito del estreno mundial – hubo que agregar funciones – descansó sobre los hombros de la impresionante puesta en escena de Leonard Foglia y un elenco superlativo a las órdenes del talentoso director peruano Miguel Harth-Bedoya. Los veintiséis personajes navegaron la sombría, apropiadamente enmarañada escenografía de Robert Brill constituida por tablones y vigas entrelazadas iluminados, transformados por las proyecciones de Elaine McCarthy. En los protagónicos, un contenido Nathan Gunn dió vida a Inman y la radiante Isabel Leonard fue ideal como “belle” Ada en un papel que como la Charlotte massenetiana crece a medida que avanza la ópera. No se quedó atrás la consagratoria Ruby de Emily Fons ni el villano Teague por un adecuadamente estentóreo Jay Hunter Morris, muy bien secundados por Anthony Michaels-Moore, Roger Honeywell, Kevin Burdette y la estupenda Deborah Nansteel como la esclava Lucinda. En síntesis, un equipo de lujo para una premiere de innegable importancia que clama por ser testimoniada en DVD.

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Isabel Leonard y Nathan Gunn, estrellas de Cold Mountain – foto Ken Howard

Rigoletto fue otra satisfactoria entrega del festival. Mas allá de las consabidas audacias – léase vulgaridades – que impone la actualidad lírica, la abarrotada puesta de Adrian Linford sirvió a Verdi con un elenco solvente donde brilló el bufón a cargo del excelente Quinn Kelsey. Apenas un punto por debajo, Georgia Jarman fue una Gilda creíble y Bruce Sledge eficaz reemplazo de Bryan Hymel como Duque de Mantua acompañados por Peixin Chen (Sparafucile), Nicole Piccolomini (Maddalena) y el sonoro Monterone de Robert Pomakov bajo dirección de Jader Bignamini.

Siete personajes para la laberíntica comedia de enredos de un Mozart de 18 años – que claramente preanuncia Nozze y Cosí – La finta giardiniera fue remontada por un ensamble excepcional que aplacó los longueurs del segundo y tercer acto. En primer término, vale destacar el gran trabajo de Harry Bicket – director musical de la compañía – que logró una literal orquesta de período, refrescante, atrevida, de pura estirpe mozartiana. A esto se sumó la impredecible Arminda de Susanna Philips, una cantante que como Isabel Leonard ha crecido como artista, deliciosamente secundada por William Burden, Joel Prieto y Joshua Hopkins. Si la Serpetta de Laura Tatulescu robó el show con cada intervención, ni Cecilia Hall (Ramiro) ni la encantadora condesa vuelta jardinera de Heidi Stober fueron opacadas gracias a la sagaz dirección de Tim Albery, el delirante vestuario de Jon Morrell y la escenografía rococó de Hildegard Bechtler que jugó feliz aprovechando el panorama regalado por el fondo del escenario: las montañas al ocaso.

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Susanna Phillips – foto Ken Howard

Menos suerte tuvo La hija del regimiento, a estas alturas un Donizetti sólo potable como vehículo de lucimiento para megadivos, es decir una Sutherland y Pavarotti en plenitud. La agradable puesta de Ned Canty probó que si es dificil hacer reír en teatro, tanto más lo es en ópera; un género donde la comedia requiere estilo y timing perfectos para no caer en el ridículo o en el lugar común de querer ser graciosos a toda costa. Desde el foso orquestal, la lectura vigorosa de Speranza Scappucci enmarcó la farsa escénica que amén del maquillaje sonó un tanto perimida. En esa vena, cumplieron Anna Christy (Marie) y Alek Shrader (desplegó sin esfuerzo la andanada de agudos de Ah mes amis aunque se lo sintió algo disminuido como cantante y repetitivo como actor). Afortunadamente, Phyllis Pancella trazó una ajustada Marquesa sin los tics y recursos acostumbrados, algo que tentó más de la cuenta al Sulpice de Kevin Burdette.

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Salome – foto Ken Howard

Como última oferta, una oportuna vuelta al drama con Salomé de Richard Strauss en una puesta controvertida de Daniel Slater ambientada en el fin de siècle, no lejos de Oscar Wilde y de una Herodías (Michaela Martens) quasi Reina Victoria. La impactante imagen inicial del banquete real con las montañas de fondo despertó aplausos tan inevitables como merecidos. La imaginativa escenografía de Leslie Travers es un gigantesco cajón metálico, será terraza, palacio y cisterna donde Iokanaan (espléndido Ryan McKinny) encarna un filósofo febril al que se le acaba el tiempo. Robert Brubaker fue un Herodes sórdido sin desbordes mientras que Brian Jagde (Narraboth) es definitivamente un nombre a seguir.

Slater cambia la danza de los siete velos por un revelador racconto de la infancia de la princesa, incluído abuso por su tio, asesino de su padre. Totalmente entregada, la búlgara Alex Penda (ex Alexandrina Pendatchanska) fue una apasionada Salome cuyo incisivo timbre eslavo careció de la opulencia wagneriana para esa imposible “Isolda de 16 años” requerida por el compositor, asimismo David Robertson ofreció una orquesta feroz y colorida pero también recordó a la frase de Strauss “mas fuerte, aún puedo oir a los cantantes”.

Propuesta tentadora en un marco magnífico con elencos de primera, el festival lírico de Santa Fe permite ver cinco títulos en cinco días. Equivale al Art-Basel en Miami, un acontecimiento anual compartido por el público aficionado, el ciudadano común, el taxista o el mozo de bar que comenta la ópera que vio la noche anterior. Es una invitación irresistible para regresar cada verano a un lugar por el que Stravinsky, O’Keefe – y tantos otros – tuvieron razón en volverse “locos”. El silencio y la música, agradecidos.

 Información online: SANTA FE OPERA


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El Crosby Theater con capacidad para 1900 espectadores

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Noche de ópera santafesina en el marco del desierto