Madrid conquista Miami con la Orquesta del Teatro Real

La pasión de Manuel de Falla, la poesía de Joaquín Rodrigo y el esplendor orquestal de Rimski-Kórsakov conformaron el debut en Miami de la Orquesta del Teatro Real de Madrid, que se presentó el sábado en el Adrienne Arsht Center como parte de su quinta gira por Estados Unidos. Bajo la dirección de Gustavo Gimeno, el programa, si bien demasiado complaciente en la elección de las obras, trazó un recorrido entre dos universos musicales: la expresividad y colores de la música española, por un lado, y la exuberancia sinfónica de la tradición rusa, por otro.

La primera parte fue la más substanciosa. En El amor brujo, de Falla, Gimeno combinó misterio, tensión y vitalidad con especial acierto en la «Danza ritual del fuego», donde los diálogos entre cuerdas y vientos condujeron a un final espectacular. El director demostró una notable capacidad para equilibrar las secciones y preservar la transparencia de la partitura.

La soprano nicaragüense-estadounidense Gabriella Reyes brilló en las Siete canciones populares españolas, también de don Manuel de Falla. Estrella en ciernes para seguir de cerca, aportó especial calidez a «Asturiana» y «Nana», mientras que en las canciones más vivaces desplegó energía, dicción impecable y articulación incisiva. Fue el bis, sin embargo, el que reveló todo su temperamento. En «Carceleras», de la zarzuela Las hijas de Zebedeo, de Ruperto Chapí, Reyes ofreció una interpretación vivaz, coqueta que conquistó al público y evocó la vitalidad teatral de la tradición lírica española.

El Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, una de las obras más populares del repertorio español, figuraba entre los títulos más esperados de la velada. Juan Manuel Cañizares exploró las posibilidades expresivas de la guitarra con virtuosismo intachable. El célebre Adagio, con su evocador solo de corno inglés, marcó uno de los momentos más bellos del concierto. Como despedida, el guitarrista ofreció «Cádiz», de su Suite Al-Ándalus, prolongando el acento español con una interpretación personalísima.

Después del intermedio, el paisaje musical cambió radicalmente. Scheherazade, de Nikolái Rimski-Kórsakov, desplegó su vasta paleta de colores orquestales en un universo muy distante de la concisión rítmica de Falla y de la intimidad de Rodrigo. La formidable concertino Guergana Gergova impresionó en los solos de violín que encarnan a la narradora, mientras Gimeno mantuvo el control de una partitura que exige tanto virtuosismo individual como un sólido sentido de la arquitectura sinfónica.

Paradójicamente, una partitura tan conocida y reiterada como la de Rimski-Kórsakov parece haber perdido parte de su presencia en las programaciones habituales. Sin embargo, la familiaridad no necesariamente disminuye su atractivo cuando la obra se convierte en una prueba de las capacidades de una orquesta. En este caso, permitió comprobar cómo una formación habituada al foso operístico puede desenvolverse con idéntica solvencia en el repertorio sinfónico, exhibiendo refinamiento instrumental, riqueza tímbrica y dominio de las exigencias técnicas de la partitura. El mérito de Gimeno residió en diferenciar los lenguajes de ambos repertorios, atendiendo a la precisión, el color y la construcción dramática de cada obra.

Como bis de la orquesta, el preludio de la zarzuela El bateo, de Federico Chueca (1846-1908), aportó una festiva explosión de color y exuberancia, el broche apropiado para esta auténtica gala ibérica.

La Orquesta del Teatro Real, casa de ópera de merecida relevancia internacional hoy día, se despidió de Miami entre aplausos dejando una excelente impresión. Asimismo, que la sala Knight del Arsht Center se viera colmada es un auspicioso augurio para el comienzo de la temporada clásica. Enhorabuena.

Fotos: © Alba Lucia Lepe Soriano