Exaltación y experimentación en la NWS iniciando 2026-27
Los dos conciertos inaugurales de la temporada oficial de la New World Symphony superaron la justificada emoción con dosis de generosa exaltación y rasgos que reafirmaron el carácter de laboratorio musical de la Academia Orquestal de América. Todo un desafío iniciar la temporada con la «Coral» beethoveniana en el recinto del New World Theater más la suma de treinta nuevos becarios en vías de integrarse totalmente durante el curso del ciclo.
El primer concierto comenzó celebrando el Mes de la Hispanidad. Bajo la vigorosa batuta de Ziwei Ma, la efervescente Kauyumari, de Gabriela Ortiz, dio paso al rítmico Fandango para violín y orquesta, de Arturo Márquez, encargado y estrenado por Anne Akiko Meyers en 2021. Si bien demasiado extensa, permitió a la distinguida solista lucir su sonido basicamente poderoso y una partitura destinada a resaltar sus virtudes interpretativas.
La segunda parte, dedicada al repertorio francés tan caro al director artístico Stéphane Denève, encontró en Ibéria, de Claude Debussy, un terreno ideal para su refinamiento tímbrico y su capacidad de delinear detalles con exquisitez. El popular Bolero, de Ravel, cerró la velada con una interpretación fervorosa y una orquesta que respondió con justificado entusiasmo al impulso contagioso del director.
Como extra, una coreografía de Nathalia Arja, proyectada en las pantallas, lo regresó a su origen como danza para Ida Rubinstein en 1928. Los eximios bailarines Macarena Giménez y Stanislav Olshanskyi, del Miami City Ballet, ofrecieron un desempeño de alto nivel, en cierta medida perjudicado por innecesarios primeros planos que no dejaron apreciarlos de cuerpo entero. Al privilegiar la sensualidad por encima de la coreografía, la bella realización audiovisual terminó opacando aquello que debía realzar.
El segundo programa, concebido como homenaje a Michael Tilson Thomas, fundador y director musical de la New World Symphony, fallecido el pasado 22 de abril, propuso un recorrido desde el presente hacia el pasado.
La velada comenzó con Notturno, para flauta, arpa y cuerdas, joyita compuesta por Tilson Thomas en 2005 para su cuñada, la flautista Paula Robison y en homenaje a Paul Renzi, figura fundamental de la Sinfónica de San Francisco durante medio siglo. A partir de una melodía de corte oriental, casi zen, la partitura transita hacia una evocación italiana de inequívoco aliento operístico. Demarre McGill, flauta principal de la Sinfónica de Seattle, ofreció una interpretación superlativa, secundado por las cuerdas en una convincente reivindicación de esta bella obra de cámara.
El homenaje cobró intensidad con el Adagietto de la Quinta sinfonía de Mahler, compositor central en la trayectoria artística de Tilson Thomas. Mientras se proyectaba una filmación de su interpretación en la New World Symphony, Denève condujo a los músicos en vivo siguiendo los tempi y concepción de su antecesor. Desde los pianísimos más delicados hasta los clímax sonoros, la memoria se hizo música en tributo al creador de la entidad.
Si Mahler representó la continuidad emocional con el universo artístico de Tilson Thomas, la Sinfonía n.º 9 de Beethoven no sólo se anticipó al bicentenario de la muerte del compositor que se celebrará en 2027 sino que aprovechó para introducir un enfoque diferente: el de la experimentación interpretativa. Denève recordó que Tilson Thomas había grabado la Novena en dos ocasiones y regresado a ella a lo largo de su carrera.
Basándose en la edición de 1996 del director y musicólogo Jonathan Del Mar, Denève se inclinó por respetar las indicaciones metronómicas originales del compositor, cuyos tempi difieren radicalmente de los que suelen escucharse hoy. La elección reabrió una controversia histórica: ¿eran precisos los primeros metrónomos de Beethoven? ¿Pudo su sordera avanzada afectar su percepción del equilibrio y la mezcla instrumental? De hecho, no existen respuestas ni versiones definitivas.
La disposición escénica reforzó la sensación de inmediatez con violines en extremos opuestos, contrabajos en el lado izquierdo y la percusión en plataformas elevadas a la derecha. El apoteósico movimiento final añadió la dimensión teatral y colectiva de la obra. Rotundo y sedoso el canto de chelos y contrabajos anunciando la célebre “Oda a la alegría”, de Friedrich Schiller, mientras solistas y el confiable Master Chorale of South Florida iban ocupando los laterales y el fondo del escenario.
Dashon Burton aportó sonoridad imponente pese a cierta dicción resbalada. Ellie Dehn, Tamara Mumford y el radiante joven tenor Sean Panikkar completaron el dignamente cuarteto. Durante la marcha turca, como curiosidad y sorpresa, los percusionistas desfilaron por la primera fila de butacas. El coro, preparado por el infatigable Brett Karlin, ofreció su acostumbrada eficacia, sosteniendo un desenlace vertiginoso en competencia con solistas y orquesta, con las sopranos algo sobreexigidas por una tesitura imposible.
La interpretación dejó una cuestión abierta. La Novena se aborda cada vez más con tempi acelerados para recuperar el impulso original de una música que la tradición romántica convirtió en un monumento al que Wagner llegó a llamar “el evangelio humano del arte del porvenir”. Se busca al Beethoven revolucionario, impetuoso, capaz de quebrar las formas y precipitarse hacia el futuro. Una Novena demasiado solemne puede perder su fuego, pero una excesivamente rápida corre el peligro de quedarse sin alma quedando atrás su grandeza en hacernos sentir cuánto ha costado el arduo camino hacia la fraternidad humana. La New World Symphony como líder de ese futuro apostó al desafío de replantear ese dilema de tan ardua resolución.



