Howard Herring, se despide el maverick al timón de la NWS
Nunca mas veraz el dicho «Donde pone el ojo, pone la bala», que cuando Michael Tilson Thomas apuntó infalible a Howard Herring como CEO de la New World Symphony. Aunque Herring llegó a Miami desde el urbano noreste hace 25 años, nunca dejó de ser ese genuino maverick de su natal Oklahoma.
Mitad músico, mitad ejecutivo, fue el copiloto ideal de MTT y de su extraordinario proyecto. Hoy, después de un cuarto de siglo al frente de la institución, su retiro hace difícil imaginar la New World Symphony sin su indomable energía y optimismo.
Ejemplar visionario, eterno conciliador, aunque sea general sigue siendo un soldado de la música para el que «Siempre listo» es marca de fábrica.
¿Cómo fue su «aterrizaje» en la New World Symphony?
Cuando llegué, la institución tenía apenas 13 años, pero ya gozaba de una reputación extraordinaria. Lo que me atrajo fue que ofrecía a los jóvenes músicos algo que no encontraban ni en el ámbito académico ni en la vida profesional: un espacio intermedio donde podían adquirir amplitud y profundidad.
Yo venía del mundo del piano y había dirigido durante 15 años el Caramoor Music Festival. Estaba acostumbrado a estructuras profesionales. La New World, en cambio, era como un lienzo en blanco. Recuerdo que algunos amigos me preguntaban cómo podía irme a Miami. Pero dentro del viejo Lincoln Theatre estaba completamente inmerso en la tradición musical occidental: Leipzig y Bach, la Viena de Beethoven, el París de Debussy. Y afuera estaba… Miami.
¿Cómo resume el legado de Michael Tilson Thomas?
Dejó una huella profunda en la New World porque su compromiso con el repertorio y con la música era intenso. Pero también tenía una enorme curiosidad por descubrir cómo podía la música hablar a los públicos. Era incansable.
Para él, una orquesta nunca debía limitarse a tocar, por ejemplo, la Quinta de Beethoven. Tenía una fuerte dimensión teatral y comprendía la relación entre música y escena, además de las posibilidades de la tecnología y la distribución electrónica.
Pensábamos en experiencias como los Young People’s Concerts de Leonard Bernstein. Compramos cámaras y proyectores y empezamos a utilizar la pared posterior del Lincoln Theatre para proyectar imágenes. Queríamos descubrir qué ocurría cuando música y elementos visuales se encontraban de una manera inteligente y estéticamente convincente.
Esa búsqueda continúa siendo parte de la esencia de la New World: perseguir la música y encontrar maneras de hacer que la experiencia sea visual, teatral, vívida y memorable.
¿Cómo nació el nuevo edificio?
Michael sabía que el Lincoln Theatre había sido sólo un punto de partida, pero la institución necesitaba un espacio que apoyara su misión. Teníamos siete u ocho salas de ensayo para 87 becarios. Nos preguntamos: «¿Qué necesitarán los becarios en 2030?». Queríamos prepararlos para carreras profesionales sólidas, servir al arte, relacionarnos con el público, comprender la comunidad y desenvolvernos en un mundo digital.
Trabajamos durante años por ese futuro. Finalmente, en 2006, presentamos el programa a su amigo Frank Gehry. Había que pensar el edificio tanto vertical como horizontalmente: 35 semanas de actividad, orquesta, música de cámara, recitales, proyectos comunitarios y acontecimientos destinados a nuevos públicos.
La música clásica siempre ha tenido un público relativamente reducido, pero apasionado. ¿Debería el objetivo ser ampliar ese público o profundizar la relación con quienes ya lo forman?
Ambas cosas: ampliar y profundizar. Nuestra declaración de principios dice: «Creemos en un futuro fuerte y seguro para la música clásica. Y reafirmaremos, reimaginaremos, expresaremos y compartiremos sus tradiciones con el mayor número posible de personas».
El Wallcast es un buen ejemplo. Unos 750 espectadores están dentro del New World Center y unos 2.000 afuera. Aproximadamente el 75% de quienes están en el parque nunca habían comprado una entrada de la New World. Eso demuestra que podemos llegar a públicos que no necesariamente entran a una sala de conciertos.
¿Habrá orquestas en 2076?
Estoy convencido de que habrá públicos para la música en 2076. La cuestión es qué forma tendrán las instituciones.
Necesitamos músicos capaces de pensar independientemente y encontrar nuevas maneras de relacionarse con la sociedad. Y necesitamos que la sociedad conserve espacios comunitarios.
Es posible que esos espacios cambien de forma y función. Tal vez dentro de 20 o 30 años no tengamos las mismas salas sinfónicas de 2.000 butacas. Probablemente veremos una combinación mucho mayor de imagen y sonido. Lo esencial será descubrir qué necesita la música y cómo compartirla.
¿Hemos perdido el arte de escuchar?
Creo que podemos recuperarlo si las personas se permiten hacerlo. Vivimos en una cultura cada vez más visual. La lectura exige absorber la información y utilizar la propia imaginación. Cuando vemos una película o la televisión, en cambio, alguien nos dice qué mirar y cómo mirar.
No podemos luchar contra esa realidad. Tenemos que entenderla y sacar el máximo provecho de ella.
Recuerdo un experimento realizado por una estudiante de doctorado finlandesa, musicóloga y psicóloga, que estudió la relación entre música e imágenes. Un grupo escuchaba sólo la música; otro escuchaba la música mientras veía imágenes. Los que escuchaban y veían podían retener más. Es un territorio enorme por explorar cuando música e imágenes se reúnen.
¿Qué le enseñaron los jóvenes becarios?
Una de las experiencias más importantes durante estos 25 años fue entrevistar a uno por uno. Son mas de 1.350 alumni. Siempre les pregunto cómo se hicieron músicos. La mayoría describe una especie de epifanía entre los 11 y los 15 años. Muchas veces ocurrió en un campamento de verano, donde escucharon o tocaron música a un nivel superior y descubrieron que querían dedicar su vida a ella.
Es una decisión extraordinaria que exige una entrega enorme. Algunos recuerdan la temperatura, el lugar, incluso una fragancia. Esas historias me enseñaron muchísimo sobre el poder de la música.
¿Su sucesor debería ser un músico?
No puedo predecir qué ocurrirá si el próximo CEO no es un artista. Pero sí creo que es importante que el líder de una organización de este tipo haya tenido una experiencia profunda de interpretación desde muy joven. Lo mismo pienso de los presidentes de las orquestas y de quienes dirigen escuelas de música. Es fundamental haber vivido esa epifanía que lleva a alguien a decidir: «Quiero dedicar mi vida a esto».
Una experiencia que resume lo que queremos hacer en New World fue la de Francisco Jaubert Bernard, un fagotista puertorriqueño que ahora toca en la Louisville Orchestra. Su padre y su abuelo eran trompetistas en bandas latinas. Francisco quería tocar el fagot y su familia pensaba que estaba loco. Entonces encontró un tubo de PVC. Buscó en YouTube las dimensiones de un fagot y la posición de los agujeros, cortó el tubo, los dibujó y comenzó a practicar.
En New World desarrolló un proyecto sobre la historia de la música puertorriqueña en el que participaron unos 15 fellows. Comenzaron con danzas españolas de los siglos XVIII y XIX, recorrieron diferentes épocas y terminaron con música contemporánea y salsa puertorriqueña.
Al final del concierto, tres mujeres de la primera fila se levantaron y comenzaron a bailar. Pensé: «De esto se trata». Eso es lo que queremos estimular: músicos capaces de pensar independientemente, imaginar proyectos y crear experiencias que conecten la música con su propia comunidad.
¿Cómo vive la transformación de Miami?
Cuando llegué a Miami en 2001, me parecía un gran pueblito. En 2002 llegó Art Basel y después aparecieron las ferias paralelas.
Entre 2006 y 2016, las asociaciones público-privadas construyeron unos 1.300 millones de dólares en infraestructura cultural: el New World Center, el Adrienne Arsht Center, el Pérez Art Museum, el Frost Science, el Moss Center y el ICA. Seis proyectos que transformaron la infraestructura cultural de la ciudad. Miami pasó a tener espacios capaces de sostener una expresión artística sofisticada. Los edificios produjeron una onda expansiva. Miami New Drama comenzó a producir nuevas obras y algunas llegaron a Nueva York. O, Miami Poetry Festival convirtió la poesía en una experiencia para toda la ciudad. El Miami Music Project creó cinco núcleos y ofrece formación musical de alto nivel a unos 500 estudiantes. Los edificios son importantes. Pero los programas lo son todavía más.
Mike Bloomberg dijo: «La cultura atrae al capital, más de lo que el capital atrae a la cultura». Miami es un buen ejemplo. La filantropía ha sido fundamental. La New World se construyó en parte gracias a un compromiso anónimo de 100 millones de dólares. Este tipo de donaciones puede cambiar una institución y transformar el entorno cultural entero. También ha sido esencial la colaboración público-privada. En Miami Beach, el 65% de los votantes aprobó un bono de obligación general de 159 millones de dólares para proyectos culturales.
Eso demuestra que la cultura puede ser entendida como algo más que un lujo. Tenemos que seguir siendo generosos y encontrar programas capaces de llenar los espacios que hemos construido.
¿Cuál fue el mayor desafío que enfrentó?
COVID. De repente no podíamos estar juntos. Y la música posee el poder de transformación individual dentro de una experiencia colectiva. Ocho días después de cerrar el teatro hicimos nuestro primer concierto en línea. Después ofrecimos conciertos digitales todas las semanas durante la pandemia. Funcionó, pero no era lo mismo.
¿Y la decisión de retirarse?
Después de 25 años, siento que es el momento de que alguien más joven aporte sus propios sueños, energía e inteligencia para guiar a la New World durante el próximo período. No ha sido una decisión fácil. Pero es lo mejor para todos.
¿Qué hará y qué echará de menos?
Me encanta escribir. Quiero seguir escribiendo sobre música y sobre Miami.
Lo que más voy a echar de menos al entrar en el New World Center serán los fellows. Son talentosos, ambiciosos, inteligentes y vulnerables porque están al comienzo de sus carreras. Son excelentes músicos que quieren descubrir cómo aportar su fuerza individual a una unidad musical: la orquesta. Cuando uno de ellos consigue un trabajo, la satisfacción es física. Eso es lo que voy a extrañar.
¿Cuál es su legado de estos 25 años?
Optimismo. Curiosidad. Pensamiento independiente. Pensamiento crítico. Y estar siempre dispuestos a formular la pregunta: «¿Y si…?»… es una pregunta muy New World.



