Evgeny Kissin, león al piano

Evgeny Kissin - foto FBroede

Es difícil ser objetivo ante un recital como el del domingo pasado en el New World Center de Miami Beach. Si la crítica resulta innecesaria, es obligación contarlo. No es novedad, sucede a menudo cuando se trata de Evgeny Kissin. Es sólo él y el piano, su vínculo vital con el resto de los mortales.

Kissin trabaja, y además, parecería trabajar con la energía del público. Su concentración contagia. Allí la conexión. Allí la diferencia. Es pura emoción controlada a través,  al servicio de la música. A medida que crece, Kissin el hombre borra la huella del niño prodigio que fue. Crece y madura como artista. Y alegra comprobar que, por suerte, en esa madurez sigue intacta la esencia de niño.

Kissin posee la rara habilidad de tocar una cuerda profunda, de disparar el resorte de la emoción genuina. Emoción que deslumbra en su conexión con esa chispa, la que aviva un fuego sagrado más allá de aspectos puramente técnicos o interpretativos con los que pueda discreparse. Es la honestidad, el compromiso inclaudicable, en última instancia, la generosidad y bondad del artista. El domingo 15 de abril, cada espectador estuvo a solas con Kissin; y la sala repleta, cumplió como ámbito íntimo y perfecto. Fue una tarde mágica que quebró la rutina dominical para grabarse en la memoria.

Kissin cumplió con la empresaria Judy Drucker, que lo había anunciado para la temporada pasada y debió cancelar (y vale destacar que lo hizo gratis para ayudarla con su nueva serie). Kissin regresó, tocó y venció con un programa importante, a lo grande, como acostumbra. Su versión de Claro de luna fue tan admirable como personal, contenida y elegante, conquistó adeptos y detractores pero siempre marcó una diferencia e inspiró respeto. La exhuberante, endiablada sonata (Opus 26) de Samuel Barber que estrenara Vladimir Horowitz en La Habana (1949) fue una revelación. Magistral en la miríada de emociones retratadas y en el poderío sonoro que se adapta idealmente a su temperamento. La segunda parte estuvo íntegramente dedicada a Chopin. Después de un exquisito Nocturno en la bemol mayor Op. 32, su Tercera Sonata, tuvo el necesario despliegue de pasión y lirismo, sin empalagues, donde la melancolía fue dardo sutil y en la construcción de climas reconfirmó ser un arquitecto colosal que también puede darse el lujo de cantar un trino como el mejor pastor en la roca schubertiano. En los bises, y hubiera habido más si el público que ovacionó a rabiar hubiese seguido aplaudiendo, fue generoso: una Mazurka de Chopin (Op. 67, 4) y dos marchas que se avienen a este “soldado de la música”, la turca de Beethoven y la del Amor por tres naranjas de Prokofiev.

Kissin es un león al piano; es la imagen que prevalece por sobre el extraordinario virtuosismo y profundidad interpretativa de este pianista esencial. Queda su estampa cortés, absorta, insondable; portadora de una suerte de tristeza que quizás sea una soledad que observa, feliz contemplando su dominio. Queda, como bien escribía Emily Dickinson, la sensación de haber respirado “un aire superior”. Ahora, cansado, drenado, pleno, saciado, la única obligación del cronista es dar testimonio del evento porque la crítica es, como suele ser en estos casos, absolutamente irrelevante☼

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