Final con Mahler, despedida que es principio

 

Pese a su inabarcable -aunque sólo aparente- desolación, la Novena de Mahler bien podría considerarse una sinfonía afortunada cuando se trata de Miami donde a través de los años ha sido objeto de lecturas ejemplares. Sin ir muy lejos, inolvidable la versión de James Judd y su extinta Florida Philharmonic hace mas de una década así como la que cerró la temporada 2012 de la New World Symphony con Michael Tilson Thomas.

Coincidentemente, este año MTT volvió a finalizar la temporada de la Academia Orquestal Americana con esta obra que, dicho sea de paso, fue interpretada hace apenas dos meses por la Orquesta de Cleveland en su residencia en Miami. Si dos versiones en tan poco tiempo suena a “demasiado” para una ciudad con limitada oferta en comparación a polos musicales, no deja de ser fascinante la comparación así como la certeza de que una obra tan vasta y compleja se revela tanto mas al espectador con audiciones repetidas, receta infalible si se habla de música clásica.

Apenas menos extensa que la Tercera, pero al igual que aquella y en intención como todas reflejando aquello de “Una sinfonía debe ser el mundo, abarcarlo todo”, la Novena encapsula sus últimos años de vida, abatido por sinsabores profesionales y tragedias familiares, la peor la muerte de su hijita Putzi y el diagnóstico de su condición cardíaca que lo acabaría a los cincuenta años. Entonces escribía a Bruno Walter ¨Frente a la nada, debo volver a aprender a caminar, a ponerme de pie como un principiante”.

La Novena es un compendio de sus obsesiones, de presentimientos funestos, de realizaciones, de cinismo reflejado en el humor del rondó tan apropiadamente llamado “burleske”, y como definiría magistralmente Leonard Bernstein “Sus sinfonías miran nostálgicas al pasado y a la imposibilidad de recuperar la inocencia, mientras miran al futuro con temor o esperanza como resolución”. En la Novena, impregnada por la premonición de su propia muerte, cada movimiento es una despedida, un adiós; así el primero se despide del amor humano, en el segundo a la vida campestre, el tercero a la mundana y el último a la vida misma.

En el cuarto, gigantesco adagio de casi media hora de ribetes “brucknerescos”, Mahler dibuja un arco inmenso donde pareciera reconciliarse con la vida enfrentándose al advenimiento de la eternidad; es un consuelo, un descanso añorado. Si en el otro grandioso adiós, el de Das Lied von der Erde prima ese “eterno azul” aqui en cambio es un esperanzado signo de interrogación. No es casualidad que los últimos compases sean los mismos del cuarto Kindertotenlieder, cuando la voz canta “Es un hermoso dia desde las altas colinas”, es un anticipo silencioso, callado, de la posibilidad remota de un ansiado reencuentro con su pequeña.

En esa veta sublimada, sin terrores ni oscuridades, con aquella frase del compositor “sed de vida que ahora tengo mas que nunca” planeó Michael Tilson Thomas y su orquesta aceitadísima para su última función y a la hora de la despedida para una tercera parte de sus integrantes que parten a nuevos rumbos. La Academia Orquestal fue la protagonista absoluta con un desempeño impecable de cada sección, en cada acento, pausa, en los esbozos de valses de Strauss y Lehar que asoman y desaparecen antes de corporizarse, en las burlas de los metales y la resignación de las violas. Otra vez, como en el 2012, esta Novena fue un broche final espléndido para medir hasta donde se han perfeccionado estos jóvenes músicos.

Pero antes del gran fresco mahleriano, Lontano de Ligeti probó cuánto mas adaptados, domesticados estan los oídos a esta obra de 1967, cuánto mas íntegra y trascendental resulta después de medio siglo, sin las imágenes de Kubrick ni otras asociaciones visuales, sino sola en sí misma completa. Parte del mérito otra vez a la orquesta y a su director asociado Dean Whiteside en su mejor trabajo hasta la fecha, logrando absoluta cohesión y transparencia del ensemble. Un misterioso, válido preludio al coloso Mahler.

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