Iris la bella (1949-2014)

Iris golpeó la tierra con una larga vara blanca
Y subió por su propia cabellera.
El espacio giró a su alrededor.
El espacio era un ser de infinitas dimensiones
Que despertaba y baila a su conjuro.
Entonces comprendí que me había encontrado con la danza (…)

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Así la definió Susana Thenón en el libro Brindis por la danza. Quizá por eso enterarme de la muerte de Iris Scaccheri suena tan disparatado tan inverosímil que es como no enterarme de nada. Mejor imaginar que la muerte le sienta a Iris, que jugaba a las escondidas con todos y con ella misma, que aparecía y desaparecía y nunca se sabía donde estaba o si estaba.

Para quienes de algún modo crecimos con ella se va una musa irrepetible, símbolo de tantas rebeldías de entonces. Los teenagers argentinos de la década del 70 no sabíamos quien era Pina Bausch, apenas si sonaba el nombre Maurice Bejart y para otros lo mas parecido a Isadora era una insípida Vanessa Redgrave que el cine nos vendía como tal. Pero estaba Iris, una bruja que volaba entre Argentina y – nunca se supo si en avión o escoba – París, Londres y ciudades alemanas con nombres enrevesados. Su pelo era una llamarada que encendía aquel triste gris de Buenos Aires. Era un ser bellísimo, diferente, inclasificable, inmanejable. Gracias a Iris nos dimos cuenta de que había una conexión entre la música y el movimiento que brotaba de su cuerpo. Nos inició en Carl Orff y hasta en Beethoven. Jamás Carmina Burana o las Séptima y Novena volvieron a ser las mismas, las tradujo a una sensibilidad de adolescentes. Y de muchos grandes que salían hipnotizados bailando Beethoven del teatro y por la calle. Iris bailaba la versión de Toscanini “Por el ritmo preciso de mi amado viejo Arturo” me dijo una vez. Seguramente fue la única vez que en el Teatro San Martín sacaron a un artista en andas del escenario. Enfervorizaba a sus fanáticos. Los enloquecía. Y eran legiones. La discípula de la alemana Dore Hoyer era un acontecimiento, una instalación andante, un nexo entre dimensiones tangibles y otras no tanto. Un auténtico objeto de culto, atávico, salvaje, venerable. Se iba a ver “eso”, no a una bailarina sino a “eso”. Maga y alquimista materializaba una explosión solar escénica entrelazándose en el alma de sus espectadores. 

Cuando la conocí le pregunté sin querer qué era. “Soy una bruja y vos?” asestó clavándome una mirada inolvidable. “Yo soy pintor pero vos más que bruja pareces carne hecha baile”. Su cara se transformó. “Anotáme eso ya en un papelito que me lo quiero guardar”. Anoté, agarró el papelito y desapareció. La volví a ver unos años después en una situación definitivamente surrealista, invitados al almuerzo de Mirtha Legrand. “Y vos qué haces acá?” sorprendida. “Te dije que era pintor”. Nos sentaron juntos. Llegó el primer plato. Zás, un jamón Virginia mas gordo que un bife de chorizo. Drama para mí entonces tan vegetariano que ni champú de huevo usaba. “Soy vegetariano, no pienso comerlo”. De refilón me ordenó “Comé y calláte”. Atragantado, obedecí. Terminó el programa y desapareció de nuevo. Pasaron diez años, regresé a Buenos Aires a hacer una muestra. Se apareció en la inauguración. Conversamos como los íntimos amigos que nunca fuimos, nos sacamos una foto, la única que me queda. Me dijo que ya no bailaba y que se lo pasaba en el campo. Qué campo, no aclaró. No dejó pistas, para no perder la costumbre, desapareció.

Hoy vuelve a las andadas aunque esta vez es para desaparecer para siempre. Dónde, cómo y por qué mejor ni saber ni tampoco importa. Quiero creer que se fue como Remedios la bella, volando entre sábanas, ascendiendo hasta perderse en las alturas, jugando a las escondidas. Genia y figura hasta la sepultura, merece este impromptu casi visceral en homenaje. Iris era un avatar del arte y sólo podía compartir aquello que le salía, mejor dicho, que le sobraba: talento.

* Iris Scaccheri, La Plata, 16 de octubre de 1949 – Buenos Aires, 27 de julio de 2014

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