Obligación al margen: El misterio de Alfredo Alcón

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Fue en 1985, creo, en uno de esos tantos breves e intensos regresos a Buenos Aires. Me citaron a una radio para contar mis andanzas pictóricas por el mundo. No recuerdo la radio ni el entrevistador, sólo recuerdo que el otro entrevistado era, nada mas y nada menos, que Alfredo Alcón. Lo supe entrando al estudio y casi doy media vuelta del susto. Aquello era un despropósito kafkiano, me lo repetía mientras el mítico actor escuchaba atentamente mis divagues con una entereza proverbial; podía sentir a Discepolín susurrándome al oído “De esto se trata la Biblia junto al calefón y vos pibe, sós un reverendo calefón”. Cuando finalizó aquel disparate, Alcón me invitó a tomar un café en una de esas confiterías porteñas bulliciosas, únicamente porteñas. Sólo recuerdo que estaba muy resfriado, tosía, estornudaba, tenía fiebre, se tapaba por si acaso de alguna corriente imaginada, mientras tomaba té con limón y me preguntaba cosas envolviéndose, arropándose con bufandas y pañuelos como un Lawrence de Arabia gaucho de ojos negrísimos, rasgados, penetrantes, curiosos, solitarios. Su humildad y sencillez, su interés y humanidad, su ternura y grandeza se colaban por sobre el misterio que emanaba de esta suerte de antílope asustadizo y elusivo, a la postre, el actor argentino emblemático por excelencia.   

No recuerdo de qué hablamos, sólo recuerdo que luego lamenté no haber podido saldar mi deuda de adolescencia con un simple “gracias” por haberme, mejor dicho, por habernos presentado a Hamlet, Romance de lobos, Recordando con ira, Las brujas de Salem, Panorama desde el puente, Lorenzaccio y sobretodo, traducirnos y revelarnos a García Lorca y a Shakespeare. Porque Alcón era el “Laurence Olivier argentino” y los parelismos con el coloso británico no eran errados, hasta en la mano siempre descansando en su frente o viceversa. Como aquel, no se salvó de ser criticado por la generación que le siguió, Alcon defendía su estilo de actuación diciendo A mí me gustan los actores que no son naturales, como la Xirgu o María Casares que gustan mucho o nada de nada con una inocencia tan arrasadora como auténtica. Habrá otras maneras de hacer los clásicos pero la suya – y la de Olivier – era válida, convincente, soberana, producto de un rigor y amor irrefutables, de un calibre y honestidad que dejaban una impronta indeleble y formaba generaciones de amantes del teatro y que rubricó en un reciente inmenso, hoy paradójico, Fin de Partida.

En aquella época era Alcón y los demás. Alcón era mas grande en teatro que en el cine que lo hizo famoso, actuaba para cada uno y se convertía en cómplice e interlocutor. Alcón era mas grande que sus grandes colegas (nunca rivales) de su época, actores y actrices. Aquella voz incomparable – salpicada con astutos, certeros graves de ópera  – contribuía a ese misterio de caballero que lo envolvía, trasuntando ética ejemplar y el respeto por la audiencia y que imponía en su vida privada y su actitud frente al mundo. Alcón y la escena eran indivisibles.  

Con él se va, como dicen ahora, “un referente” y lo peor es que no hay reemplazos porque Alcón era producto de una Argentina feroz, otoñal, turbulenta y enloquecidamente culta, dueña de un encanto único y distintivo, sin ese instantáneo barniz anodino que hoy contagia y aplana cada rincón del planeta. Unico como Borges, Cortázar, Gardel, Piazzolla, también fue un símbolo de la belleza argentina como pendant de la Borges en Piel de verano, mezcla insólita de guapo criollo con príncipe de Velázquez pero de los sixties

Al enterarme de su muerte fue un deber recordar aquel encuentro mínimo, casual, privilegiado con este coloso que se agiganta con el tiempo y agradecer y volver a emocionarse con sus Caminos de Federico, del granadino impar con el que el porteño unió a España y Argentina; con el que llenó estadios para recitar, y cómo, el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías… Ese llanto que hoy refleja esa timidez tan suya y a la vez tan elocuente; y porque como no podía ser de otra manera, se fue a las cinco, no de la tarde sino de la madrugada, esa madrugada que no logró arrebatarle el misterio y decidió acompañarlo en su vuelo aún temprano:  

Si muero

Dejad el balcón abierto

El niño como naranjas (desde mi balcón lo veo)

El segador siega el trigo (desde mi balcón lo siento )

Si muero

Dejad el balcon abierto.

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