Jonas Kaufmann, irresistible Wagner

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A los 43 años, el tenor muniqués es el niño mimado del mundo lírico y este flamante compacto demuestra que hay válidas razones para el “romance” entre artista y audiencia. A propósito del Parsifal en el Met el próximo febrero, Kaufmann celebra el advenimiento del bicentenario con un espléndido recital Wagner al que suma la ventaja de tener un wagneriano de raza, Donald Runniclesal frente de “su” orquesta de la Deutsche Oper berlinesa, una asociación que es ideal complemento con el cantante.

La voz se halla en absoluta plenitud; robusta, densa, viril, oscura (mas allá de los reparos de algunos críticos hacia su técnica de emisión o el engolamiento que otros le reprochan) con la resonancia baritonal que lo acerca al sonido del tenor heroico hoy prácticamente extinguido, aunque en instancias abuse de la impostación baja. Artista inteligente e intérprete moderno, Kaufmann es un mago de las dinámicas y crescendos, que añade una entrega probada por interpretaciones intensas de infrecuente soltura y musicalidad, sin contar con la impecable dicción en su idioma natal. Esta suerte de envidiable abandono hace que incluso los recitativos (si cabe el término en Wagner) adquieran inusitado interés; el que, por otra parte, deben tener. 

Siegmund y Lohengrin, sus dos personajes wagnerianos de mayor relevancia, están representados con Ein Schwert verhiess mir der Vater (y un Wälse… Wälse… previsiblemente soberano) y su ya clásico In fernem Land cuyos pianissimi han despertado admiración, y no poca controversia, sumándole el segundo verso original generalmente omitido del Gralserzählung tal como grabó Franz Völker en 1936 y recientemente Peter Seiffert con Barenboim.

Después de una exquisita plegaria de Rienzi - y aquí Runnicles hace lucir a la orquesta en el preludio con tal lirismo y hondura que alerta sobre esta semilla del Wagner por venir – aborda dos arduos papeles que ojalá no intente en escena – al menos por ahora – Tannhäuser y su narración de Roma y Siegfried y los murmullos de la foresta. En ambos emerge victorioso, un Tannhäuser de impresionante espectro dramático en todo sentido (estremecedor en la condenación papal Hast du so böse Lust getielt...como en el final Im Venusberg drangen wir ein! ) y un Siegfried como hoy no se escucha, detallado, juvenil, fresco y con una enunciación tan inmaculada como la orquesta que lo enmarca. 

El más lírico Walther de Am stillen Herd precede a la máxima atracción del registro, las Wesendonck Lieder, en la orquestación de Félix Mottl y raramente escuchado por voces masculinas. La competencia en este renglón es mínima. A mediados de los años setenta, un ya veterano René Kollo las grabó con Christian Thielemann (con esta misma orquesta) mientras que Der Engel fue grabada por Plácido Domingo y las últimas dos por Lauritz Melchior, además de otros intentos, como el del barítono Matthias Görne en recital.

La atmósfera de ensoñación y delirio sutil o desatado – tan próxima al Tristan, otro personaje que lo aguarda en un futuro lejano – le va como un guante. El tenor alcanza en Im Treibhaus y Träume sus mejores momentos debido a que uno de sus fuertes es la intención en el decir (nótese la nostalgia en la frasen Halten meinen Sinn umfangen) sin olvidar el bruñido metal que despliega en Schmerzen en Glorie der düstren Welt,  
Du am Morgen neu erwacht,  
Wie ein stolzer Siegesheld! después de un comienzo algo incierto. Como en su excelente compacto temprano de Lieder de Richard Strauss (Harmonia Mundi), Kaufmann estampa su impronta en las cinco canciones de Mathilde Wesendonck. La liviandad (y justa fiereza) de canto y orquesta del ciclo valen de por sí la grabación.

Gran comienzo del año Wagner con un Kaufmann que indudablemente traerá nuevos adeptos a su música en una grabación óptima bajo una batuta y orquesta que saben lo que hacen. Sencillamente irresistible

☀ WAGNER, KAUFMANN, RUNNICLES, DECCA 001802802

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