El inimitable encanto de Flicka

Foto Arnaldo Colombaroli
Cortesía Prensa del Teatro Colón

Con motivo de la actuación de Frederica von Stade en su regreso y despedida del Teatro Colón el último jueves 17 de mayo, el diario Ámbito Financiero de Buenos Aires me pidió una semblanza a título personal (*) 

El inimitable encanto de Flicka

Hace unos treinta años, un habitué del Colón me reprochó, razón tenía, el haber faltado al debut de una ascendente mezzo norteamericana con nombre alemán: Frederica von Stade. Me conformé con una crítica que alababa su talento pero que dejaba entrever que la joven no tenía pasta de estrella. Amén, para crítico y lector al que le bastó un providencial Cherubino para captar su magnitud de artista esencial.

En 1990, a propósito de su segunda visita a Buenos Aires perdí la posibilidad de entrevistarla. Otra vez había desperdiciado el placer de conocerla, uno que  afortunadamente llegó años después y “por casualidad”.

Hoy quiero aprovechar esta ocasión para testimoniar mi admiración y una amistad que atesoro en cada encuentro con Flicka – su apodo familiar originado en la novela infantil Mi amiga Flicka que trascendió a su otra gran familia, la de la música – y hacer mías las palabras de su gran amigo y compositor Jake Heggie “Es una persona que mejora este mundo”.

Como corresponde, ella no es conciente de su encanto y aún se asombra con las reacciones que provoca. A su voz inconfundible, dorada, de lustroso color madera y clara impostación vienesa, suma talento, estampa, naturalidad, ternura, ductilidad y la innata aristocracia que se desprende de ser ella misma. La alquimia funcionó pero se rompió el molde,  Flicka es pieza única y genuina.

Esta espléndida mujer que nació dos meses después de la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, que creció entre la Costa Este, Grecia y Francia, hubiese querido cantar como Ethel Merman y brillar en el Broadway que frecuentaba de niña pero, el destino digitado por Mozart y sus secuaces celestes, le tenía reservado “encarnar” a Cherubino (y sus parientes Octavian, Hansel, Sesto e Idamante) a las Cenicientas francesa e italiana, Rosina, Melisande y Charlotte, el nombre de su, por ahora, adorada única nieta. Sin contar con los papeles que le han compuesto, los oratorios, operetas y el cancionero clásico (y popular) francés, alemán y americano, parecería personificar al inefable Amor de William Bolcom. Verla cantar Magnolia (Showboat), María (The Sound of Music) o How long has this been going on confirma que la pérdida de Broadway fue la ganancia de la lírica.

Flicka es el pendant estadounidense, más lírico, de su amiga Marilyn Horne, y su nombre europeo esconde una bonhomía, modestia, profesionalidad y calidez esencialmente americanas. Premiada, condecorada, y querida como pocas en el mundo musical, es una auténtica “ciudadana del mundo” disfrutadora de los dividendos que paga la integridad como artista y como persona.

Después de cuatro décadas en una profesión a la que llegó “just for fun” – gozo que contagia porque es su motor – ha ido despidiéndose, no del todo convencida, del Met, Carnegie Hall, Chicago y ahora de su querido Teatro Colón: “el único con un público capaz de llenar varias funciones de Pellèas”.

Quienes conocemos su modestia proverbial sabemos que así como puede manejar horas para brindar confort a un moribundo o regalar una Masterclass, un día canta en la Casa Blanca y al siguiente enseña al coro de la escuela de niños carenciados donde es puntual voluntaria. Si la compasión es su credo tácito, es inevitable evocar a Emily Dickinson y su “Si puedo aliviar un dolor, no habré vivido en vano…”.

Y si sus hijas todavía “protestan” porque su madre canta todo el día, vuelven a caer rendidas con sus originales sandwiches de tomate; un simple manjar del que tímidamente da la receta, ruborizada como la “nena” que significa su apodo. Exquisitos e inimitables como ella, son también ingredientes del irresistible encanto de  “Mi amiga Flicka” ☼

© Sebastián Spreng

Foto Arnaldo Colombaroli
Cortesía Prensa del Teatro Colón

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