Refrescante final del Miami Mainly Mozart

 

Cada año el final del Miami Mainly Mozart Festival adquiere un matiz diferente, un tema se adueña de la celebración puesto que se trata exactamente de eso, mas que concierto riguroso, es un festejo, máxime este año al celebrar su vigésimoquinto aniversario, un cuarto de siglo sostenido, metamorfoseándose, sobreviviendo embates artísticos y financieros. Méritos para tener muy en cuenta.

Ocasión ideal para en la que uno de sus fundadores y “ángeles de la guarda”, el musicólogo Frank Cooper se las ingeniara para hacer de las suyas con el espíritu travieso que gusta desplegar en su ilustre veteranía. Ataviado a la manera del Salieri de Amadeus en complicidad con el cineasta Ali Habashi, nuestro colorido personaje narró y presentó cada instancia musical sirviéndose de un mosaico de recursos que abarcó la mera ilustración a la filmación en rincones de Miami y Coral Gables, logrando engañar a la audiencia con astutas impresiones “Mittel-Europa”.

En lugar de la acostumbrada estructura formal del concierto clásico, esta vez fueron bombones musicales, piezas favoritas, caballitos de batalla y alguna que otra bienvenida sorpresa puesto que se trató de una celebración del alma, así rezaba el título de la velada, que apeló al gusto mas personal de los instrumentistas y presentador.

Desfilaron obras de Handel, Mozart, Piazzolla, Richard Strauss y Shostakovich. Vale destacar que fue el renglón musical el que adquirió una dimensión protagónica inusual gracias a la espléndida interacción entre los tres intérpretes, la pianista Marina Radiushina, el violinista Francisco Fullana y el cellista Joshua Roman. Una colaboración que no estuvo exenta del disfrute evidente entre los tres, ajustados como si hubiesen tocado juntos toda la vida.

Con el famoso Passacaglia sobre un tema de Handel que compuso el noruego Halvorsen (1864-1935) se abrió el fuego entre las dos cuerdas evidenciando una complicidad y timing fenomenales, hecho que se repitió al agregarse Radiushina en el Trio K.548 de Mozart. La pianista ucraniana residente en Miami volvió a confirmar su extraordinaria versatilidad producto de una formación rigurosa y una sensibilidad y talento notables. Si en el refrescante trio mozartiano se respiró la transparencia y nobleza requeridas, el siguiente Morgen –  Lied referencial de Richard Strauss – en transcripción para cello y violín exhibió la ternura y profundidad indispensables, sin el menor atisbo de indeseada melosidad. No obstante, fue en los dos movimientos escogidos de Las cuatro estaciones porteñas de Astor Piazzolla donde los ejecutantes adquirieron una dimensión fuera de serie. Soberbias versiones donde el fraseo y articulación de Roman y la nostálgica fiereza de Radiushina tanto Primavera porteña como Invierno porteño parecieron conjurar el extraño color que aporta el desarraigo y lejanía.

Totalmente integrada por Shostakovich, la segunda parte dio paso al Preludio de El tábano, perfecta antesala al Allegretto y Vals de El torrente limpio y mas aún al Tango de la misma suite que Shostakovich también usara en el ballet El perno, donde volvió a brillar Radiushina con elegancia e inédita gracia tanguera “a la soviética” propia del fin de la década del 30 cuando fue compuesta para luego caer bajo la censura del régimen. El allegro del Segundo trío Op.67 con su deliciosa evocación judía y el Nocturno y Romance de El tábano rescataron al Shostakovich mas accesible, mas dulce, mas doliente y asimismo supuestamente despreocupado frente a las presiones y cláusulas que se le imponían.

Estas “tragedias optimistas” engendradas durante y después del Stalinismo, ponen un manto de piedad con picardía, resignación y enfermizo encanto desde el mordaz acento del compositor. Una “procesión que va por dentro” y que tampoco se notó en el Segundo Vals de la Suite de Jazz que cerró la noche y el festival con la original invitación a la audiencia que colmaba el Gusman Hall a “valsear” en escena por parte de intérpretes y Cooper como enmascarado maestro de ceremonias. 

 

 

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