Wozzeck, danza macabra de William Kentridge

Desde Salvador Dalí con su escandalosa Salomé de Strauss que en 1949 acabó provocando el despido del director Peter Brook del Covent Garden al osado Achim Freyer en el Anillo wagneriano, y este año Georg Baselitz en Parsifal y Neo Rauch en el último Lohengrin del Festival de Bayreuth, la participación de famosos pintores diseñando escenografías de óperas es un tópico que ha despertado las mas diversas reacciones. Las discusiones han sido especialmente acaloradas cuando el artista en cuestión se ha limitado a disponer a los cantantes entre telones pintados; le sucedió a David Hockney con Turandot y La mujer sin sombra y a otros tan famosos como el inglés. El espacio, la tercera dimensión, el escenario, son factores que el pintor decide considerar o ignorar desde el vamos, su imaginación y capacidad está en juego al transferirse al delicado medio del teatro. Estos trabajos, así como tantos museos y teatros diseñados por célebres arquitectos, corren el riesgo de servir principalmente a sus egos ocasionando que el renglón visual de la puesta en escena termine llevándose el protagonismo absoluto por sobre la música.

El sudafricano William Kentridge no reniega de tal protagonismo pero ha logrado aquello que quizá ninguno de los otros pudo; sin divorciarse del aspecto puramente pictórico concibe espacios tridimensionales magnificamente adaptados a la escena. La flauta mágica, Lulu y La nariz son algunos de sus trabajos mas comentados al que ahora añade Wozzeck, ópera ideal para su iconografía. La genial obra de Alban Berg se presta a su mundo abigarrado y fantasmagórico, Kentridge alcanza ribetes alucinantes combinando imágenes expresionistas que evocan los sórdidos universos de Max Beckmann, Ernst Kirchner y Otto Dix, les añade movimiento y espacio conformando un ámbito asfixiante y laberíntico, como si resultaran proyecciones de la mente del infeliz soldado. La Primera Guerra Mundial (en la que Berg peleó y durante la que compuso parte de la ópera) es otra constante, se advierte, está a la vuelta de la esquina, sus miserias y visiones fantasmagóricas se corporizan en las máscaras de gas y muletas, en la ruinas y mutilados que salen de madrigueras, es una obsesión en movimiento entramada en los filigranas típicos del artista que no deja de evocar al mejor Tim Burton, por nombrar una figura actual.  

La partitura de Berg avivada por la pieza original de Büchner parece estar compuesta para el trazo de Kentridge. En este marco, el protagónico de Matthias Goerne – que ya había trabajado con el sudafricano en su versión escenificada del Winterreise schubertiano – es un elemento fundamental, inseparable. Alienado y distante, lunático y embrutecido- aunque más lo sean sus verdugos- Goerne puede verse como un Wozzeck frío, despojado de toda humanidad, vocalmente oscuro y gruñón, en paralelismo con los trazos monocromáticos del carbón kentridgiano que puebla la escena. Esa distancia marca también necesaria introspección, aporta un ribete psicológico que no queda claro en el trabajo del pintor quien prefiere dejarselo como tarea al público. A su lado, excepcional labor de la lituana Asmik Grigoriam (lleva el apellido de su padre, el famoso tenor armenio ya fallecido) es un rayo de luz en medio de tanta negrura, notable como actriz y cantante es un nombre para recordar. Gerhard Siegel es el capitán, John Daszak el tambor mayor, Jens Larsen el doctor, Mauro Peter es Andrés y Frances Pappas es Margret, eximios en sus respectivos desempeños.

En esta enmarañada realidad quizá la única objeción a Kentridge sea suplantar al niño por un títere de madera, mas allá del símbolo, es un tanto helado frente a la figura de carne y hueso con la que Berg plasma uno de los mas geniales, sencillos y espeluznantes finales de la historia de la ópera.

Este Wozzeck en términos operísticos tan breve y monolítico como la Elektra straussiana, termina siendo una danza macabra que funde y confunde dia con noche, realidad con alucinación, caos interno con externo, el único límite, engañoso, es el abismo orquestal donde la filarmónica vienesa, magnífica bajo la detallada batuta de Vladimir Jurowski, teje y fabula el críptico lenguaje de Berg para un noche de teatro total, expresionismo puro.

* BERG, WOZZECK, JUROWSKI, DVD+BLU-RAY HMD 9809053.54

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