Inmenso Wunderlich, a medio siglo del trágico adiós

 

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Si usted suspira con Jonas Kaufmann, añora a Placido Domingo, se deleita con Luciano Pavarotti y Alfredo Kraus, admira a Jose Carreras, se asombra con Florez o Camarena (o en el peor de los casos cree que Bocelli es un tenor como aquellos) seguramente es porque no conoce a Fritz Wunderlich. Inconfundible e indispensable. Este mes se cumple medio siglo de su trágica desaparición a los 35 años cuando se hallaba en camino a una gloria que ni la muerte pudo arrebatarle. Este príncipe entre tenores (porque el rey seguirá siendo Caruso) tuvo una breve aparición en la faz de la Tierra, aunque fugaz bastó para dejar una impronta indeleble, un ejemplo mas vigente que nunca en un mundo que se complace en ser picadora de carne de todo talento en cuestión de minutos, y en este renglón las grandes voces llevan una estadística aterradora.

Favorito de los dioses como Mozart y Schubert o intérpretes como Ginette Neveux o Guido Cantelli, extinguidos en la flor de la edad, no hay idea de cuanto más pudieron legar a la humanidad; vale recordar sus palabras días antes de su desaparición “Los buenos tiempos están por venir, un cantante no está formado hasta cumplir los cuarenta años.”

Wunderlich es el ABC del tenor lírico mas puro, combinación de musicalidad y alegría por cantar, dueño de una voz luminosa (por una sola letra su nombre no significa “luz maravillosa”), fraseo elegante, naturalidad en la emisión, espontaneidad incontenible, fiato interminable, carencia de amaneramientos, fresco, impecable, sencillamente deslumbrante amén de condiciones naturales fuera de serie. En Wunderlich convergen predecesores y contemporáneos de la talla de Miguel Fleta, Beniamino Gigli, Josef Schmidt, Richard Tauber, Jussi Bjorling y Nicolai Gedda. Su nombre no despierta resistencias, igualmente admirado por colegas de su cuerda como por sopranos y directores, en cierto sentido es el equivalente al director Carlos Kleiber, otro amado músico de músicos.

Con tal de saber cómo lo hacía incluso los hoy “musicalmente incorrectos” – por estilo o idioma – Sesto de Julio César, evangelista de Bach, Uriel de Haydn, Ruggiero de Handel o sus Don Ottavio, Almaviva, Lensky, Pinkerton, Alfredo, Cavaradossi, Rodolfo y Calaf (la mayoría en alemán! ….hasta su celebérrimo Granada!) resultan paradigmáticos, ni que decir del definitivo Tamino en La flauta mágica, Belmonte de Rapto en el Serrallo, Henry de La mujer silenciosa de Strauss (tambien inolvidable Leukippos en Daphne y cantante italiano en Rosenkavalier), sin contar sus interpretaciones de Egk, Berg, Lortzing, Dvorak, Janacek, Smetana o Palestrina de Pfiztner; del espléndido protagonista de operetas al liederista que hizo Schumann y Schubert como nadie – Amor de poeta y La bella molinera, eximios ejemplos – asi como el solo tenor de La canción de la tierra afortunadamente grabado junto a Christa Ludwig con Klemperer (y rescatado en otro registro junto a Fischer Dieskau en Viena con Krips), cada ejemplo es un tesoro. Queda la ilusión de haberlo oído en Lohengrin o Walther de Los maestros cantores, o Werther y quizá Rienzi, Parsifal, su único Wagner es el breve aunque soberbio Timonel de El holandes errante.

Nacido en un pueblo del Palatinado, hijo de músicos que sobrevivían como posaderos, huérfano de padre a los cinco años (se suicidió durante el nazismo), aprende piano, violín y acordeón y se gana la vida como músico, en Friburgo estudia primero trompa y luego canto costeándose los estudios cantando jazz en clubes – cuando no imitando a Louis Armstrong -, salta a la fama como miembro del ensemble de Stuttgart cuando sus ilustres colegas Josef Traxel y Wolfgang Windgassen acordaron “enfermarse” para dar la oportunidad dorada a este joven prodigio. De allí a ser solicitado por Karajan y Böhm, Klemperer y Kubelik, de Friburgo y Stuttgart al Colón porteño, Berlin, La Scala, Londres, Bruselas, Edimburgo, Aix y Salzburg, Wunderlich deja una estela de admiración incondicional.

Felizmente casado con la arpista Eva Jungnitsch, madre de sus tres hijos, inveterado compañero de escena y de juerga de Hermann Prey y Gottlob Frick aquel fatídico septiembre decidió tomarse unos días antes de cruzar el Atlántico para debutar en el Metropolitan como Don Ottavio en las semanas inaugurales del teatro en Lincoln Center. En el coto de caza de amigos, la noche del 16 de septiembre de 1966 resbaló escaleras abajo fracturándose el cráneo para fallecer al día siguiente. Un documental absolutamente esencial firmado por Thomas Staehler y Thomas Voigt con todos los protagonistas de su vida fue editado por DG hace unos años (FRITZ WUNDERLICH, LIFE AND LEGEND, B0007476-09). Imperdible. En compacto, vinilo, videos o incluso youtube, vale la pena explorar el legado de su arte antes del monumental lanzamiento conmemorativo que DG hará con sus registros completos en 32 compactos.

Como Flagstad, Muzio o Callas, se hace acreedor al tango no habrá ninguno igual y no sólo por haber logrado que las arias italianas que cantaba en alemán sonaran como la lengua del Dante. Pasaron cincuenta años y hoy Jonas Kaufmann (otro tenor alemán muy diferente) porta un cetro que Wunderlich hubiera llevado de no haber partido demasiado pronto. Un artista ante el que se hubiera rendido el mismísimo Richard Strauss (alérgico a los tenores) o el poeta Machado y su irónico “desdeño las romanzas de los tenores huecos” de haberlo escuchado en “Amigos, la vida merece vivirse!”.  

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***artículo 500 de Miami Clásica ***

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